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La soledad de las personas mayores


Resiste con sus artríticos sonidos esa escalera de la que hoy se ha adueñado el fantasma de la soledad. Nerea, subiendo peldaño a peldaño hasta el 3.º piso en el que vive sola, la equipara con el fluir de su vida y su memoria.
En los momentos que afloran sentimientos dolorosos ocultos entre los pliegues del alma, busca la compañía del agua, percibir como fluye por su piel hace que se sienta bien. Añade al baño sales de lavanda y se sumerge hasta el cuello cerrando los ojos para disfrutar de uno de los pocos placeres que se da en la vida. Cuando más relajada está oye un ruido apenas perceptible. ¡Están abriendo la puerta de su casa!
Las pisadas ya suenan por el pasillo. Siente el aliento de alguien que se acerca. Su corazón desbocado le hace encogerse sobre sí misma. A través de la mampara empañada nota que la puerta del baño se abre muy despacio. La tensión se hace irrespirable. Una sombra oscura ocupa aquel húmedo oasis absorbiendo todo el oxígeno. La sombra pasa una mano por el cristal para quitar el vaho. Ese ojo inmóvil que la observa le hiela la sangre. Cuando el hombre abre la mampara, ella le descarga el spray de laca. Al echarse las manos al rostro es cuando Nerea escucha un sonido metálico contra el suelo y la hoja del cuchillo le da alas para zafarse de los manotazos que él le lanza.
Más tarde regresa acompañada de la vecina del 1.º y la policía. La puerta está abierta y el silencio lo inunda todo. Una mancha de sangre va ennegreciendo las baldosas del baño. Allí está él, muerto al golpearse la cabeza contra el lavabo.

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