31 diciembre 2011

Al otro lado del río


Solo Felipe se quedó rezagado y con una navaja toledana talló una cruz en el tronco del chopo más cercano al lugar donde habían encontrado a la niña. Fijó su vista en la casa de piedra que se veía al otro lado, parecía ruinosa y estaba casi cubierta por la hiedra, pero el ruido renqueante que producía le confirmó que el viejo molino seguía en activo. Limpió la navaja pasándola por su pantalón de pana ajado, la cerró, y se dirigió hacia el grupo. 

Al salir a zona más amplia para cruzar el puente de regreso, echó un vistazo a la era donde una mula de talle alto, dirigida por un chaval cubierto con un sombreo de paja, daba vueltas tirando de un trillo. Un perro corría cerca y ladraba a los pardales que levantaban el vuelo. La emoción lo embargó y un punto de rabia brilló en sus ojos. Se sentó en una piedra y apoyó la cara en una de sus manos. Pasó tiempo y tiempo. Fue capaz de abstraerse del mundo exterior y pudo reflexionar sobre la encrucijada en la que se encontraba para buscar una salida que le permitiera avanzar. No se movió hasta que tomó la decisión más importante de su vida. Su boda programada para después de recoger la cosecha podía esperar. Se marcharía lejos, muy lejos, donde pudiera comenzar una nueva vida. Argentina era el país de las oportunidades, ¿por qué no iba a encontrar la suya? 

Declinaba la luz del día. El sol de poniente despedía destellos de sangre y oro que se confundían con su pelo. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Elena, su melena agitada por el viento y sus grandes ojos color avellana. Sintió una punzada interior. Tiró unas piedras al río y se entretuvo viéndolas saltar cada vez que besaban el agua. Escuchó su chapoteo hasta que percibió la leve brisa del atardecer. Era el momento cuando se oía el tintineo de los rebaños y las mujeres se sentaban a la fresca para coser o hacer punto. Pero ya nada era igual. Envuelto en esa magia de la puesta de sol que solo tienen las tierras castellanas, se reafirmó en su decisión «¡Lo haré por los dos!». 

 © María Pilar

20 diciembre 2011

Ya llega la Navidad


Se dice que las Navidades eran las de antes, que hoy se ha perdido su espíritu. Que ahora solo hay jolgorio, luces y colores en las grandes superficies que atraen a los consumidores. Todo se reduce a comilonas y botellas de champán con la consiguiente resaca del día después. 

Tal vez es que los que pensamos así nos hemos hecho mayores y hablamos desde la nostalgia de lo que vivimos. Sabemos que ese tiempo no volverá. Tal vez los niños de hoy sigan esperando la Navidad con toda la ilusión que para ellos encierra la magia de esa palabra. Ni mejores ni peores, las suyas, porque este es su tiempo y han de disfrutarlo. 

Para mí las mejores Navidades fueron cuando la niña era pequeña. Empezaban a primeros de diciembre, en concreto el fin de semana del 8 que siempre es fiesta en España. Enfundados en abrigos, con guantes, gorros y bufandas para protegernos del frío que hace en Vitoria esos días (algunos grados bajo cero), nos íbamos al monte a buscar musgo, piñas, ramas de abeto y rocas.

Leire tenía las mejillas rojas por el frío, pero parecía no importarle y reía feliz. Con todo ello montábamos el Belén que ocupaba un buen espacio porque cada año estaba más poblado. La niña era la que más entusiasmo ponía en ampliarlo. Además de las figuras del Misterio del Nacimiento”, un cocodrilo en el río, mi espejo redondo para hacer un lago, figuras de Pinypon… 

Yo siempre tenía el pegamento a mano desde el año que el niño Jesús se rompió un brazo y una pierna. Leire, con dos añitos, lo había sacado de la cuna para jugar un rato con él. Otro año fue un rey el que cayó con camello incluido, en fin, gajes del oficio. 

En otro lugar de la casa poníamos el árbol de Navidad con luces, guirnaldas y bolas. Al pie del mismo, un par de zapatos de cada uno para que el día de Reyes cayeran los regalos. Cuando terminábamos de prepararlo todo, dábamos al play para escuchar música navideña, cantábamos villancicos, brindábamos y probábamos el turrón como anticipo de lo que estaba por venir. 

Después, nos íbamos al pueblo porque era en la casa de los abuelos donde nos reuníamos toda la familia para celebrar la Navidad. Allí lo importante era el espíritu navideño que nos unía a todos, chicos y grandes pasándolo bien al hacer juntos un montón de actividades. Nosotros, que habíamos recibido la antorcha de la generación anterior, éramos conscientes de la huella que estábamos dejando a la siguiente y nos esforzábamos en que los más pequeños notasen que eran unas fiestas diferentes: donde la paz, la convivencia y la solidaridad eran posibles. Por eso las recordamos con tanto cariño.

Tal vez los niños solo valorasen las fiestas por los regalos, las largas comidas en familia en la casa de los abuelos del pueblo y los días tan locos viviendo al margen de los horarios habituales y permaneciendo despiertos hasta altas horas de la noche. Pero estoy segura de que ellos tienen un sexto sentido con el que perciben la energía que hay en el aire y las relaciones de convivencia entre todos. Cuando estas son sinceras y auténticas es el mejor ambiente en el que pueden vivir. Si no lo son, la falsedad quedará patente por más que nos esforcemos en entregarles el paquete navideño envuelto en el más brillante celofán. 

© María Pilar

16 diciembre 2011

El Pensador de Rodin

«Así es y así tenía que ser», se dice para sus adentros El Pensador de Rodin mirando hacia abajo a la gente que lo observa sin atreverse a molestarlo. Se encuentra en el centro de la ciudad. En medio de la plaza de la Virgen Blanca de Vitoria, interpela a la gente que pasa conversando animadamente y que, de pronto, al verlo se impone un brusco silencio.  

Al atardecer su figura queda perfectamente recortada con el sol de poniente. Parece quieto, pero el brazo derecho que sostiene la cabeza descansa sobre la pierna izquierda, lo que produce una importante rotación del cuerpo como dispuesto a marcharse a otro lugar en cuanto haya puesto punto final a sus reflexiones.  

No es normal en nuestra sociedad encontrarte por la calle con un hombre que sea capaz de abstraerse del mundo exterior y se detenga a reflexionar sobre la encrucijada en la que se encuentra en la vida para buscar una salida que le permita avanzar. 

«¡Claro que no es normal, si a los que lo hacemos nos mantienen encerrados!», piensa por los muchos años que ha pasado entre las paredes de un museo. 

«Hoy no interesa progresar, sino tener éxito. No espero encontrar al hombre perfecto. Me contentaría con hallar a un hombre de principios. Pero es difícil tener principios en estos tiempos en que la nada pretende ser algo y lo vacío pretende estar lleno». (Confucio).

09 diciembre 2011

El obrero poeta

No cabe duda que es una persona con gran atractivo y simpatía. Allá donde va no pasa desapercibido por su carácter abierto y su fácil comunicación. Mientras sus compañeros de trabajo, obreros de la siderurgia, dedican su tiempo de ocio a la familia, a los amigos o al deporte; él va más allá dedicándose a la lectura y sobre todo al desarrollo de su afición: la creación poética. Esa melodía que sale de su interior encadenando rimas y expresando ideas sin someterse a normas literarias nos emociona. Es lo que hace que sea conocido como "el poeta" y uno de los hombres hechos a sí mismos, En sus poemas transita por un mundo personal y cercano marcado por el zarpazo de las frustraciones, las alegrías y la mordedura de la enfermedad. Parece tener la intención de ser leído como algo inmediato, pero cobrará una nueva dimensión con el paso del tiempo cuando sea un legado en el que puedan bucear sus descendientes. Ahora la realidad que cuenta está muy unida a la vida del presente, por eso nos seduce mucho más ser testigos de cómo bucea en el idioma hasta encontrar la palabra adecuada, cómo presta su voz a sus poemas dándoles el énfasis requerido y poniendo el alma para canalizar situaciones muy críticas de la vida a través de la poesía.
© María Pilar

07 diciembre 2011

Emigración rural de los 50

Cuando la cosecha acaba hay que pagar a los obreros, vender el grano, apartar para vivir o malvivir el resto del año y otra parte para comprar simiente, minerales y herbicidas con los que comenzar el ciclo y mirar al cielo para que tenga a bien enviar el agua tan necesaria. Se arreglan trillos, se limpian y almacenan aperos, se enderezan hoces y cuchillas.
Cuando la cosecha acaba se va el sudor pero se instala un dolor en el alma que corta el aliento. Él sabe muy bien que las cuentas no cuadran y que ni la semilla fiada se va a poder pagar. Empeñar ¿qué? Si viste botas agujereadas, pantalones raídos de pana, camisa sin relevo y boina castellana, negra, bastante manoseada; todo ello uniformado con el color de su piel, color de la tierra agrietada y seca.
Vendió el par de mulas, malvendió los aperos, se desprendió de su fiel amigo el perro y se lanzó a esos caminos de dios en busca de una vida mejor; atrás dejaba mujer embarazada y dos pequeños con la promesa de llevarlos con él algún día.
Tumbos dio el abuelo trabajando en todo lo que encontraba. Hoy todos sus hijos son universitarios y sus nietos criados en la abundancia se ríen de las batallitas del abuelo. No ven el nubarrón negro que se cierne sobre ellos y que marcará sus destinos.
© María Pilar

03 diciembre 2011

La crisis económica

Aquel otoño saltaron todas las alarmas financieras de EEUU. Los bancos estadounidenses empezaron a exigir el pago de los préstamos que tan alegremente, a cambio de buenas comisiones, habían concedido a otros países y a personas individuales que no podían devolverlos. El problema se extendió desde Estados Unidos a Europa. Al mismo tiempo, aquellas personas que tenían depositado el dinero en los bancos perdieron la confianza y quisieron retirarlo. Al no tener dinero para devolver los depósitos, muchos bancos empezaron a quebrar. La escasez de dinero implicaba que había menos para invertir en las empresas y menos para comprar productos. Los valores de la bolsa cayeron bajo mínimos, cundió el pánico y nació la crisis y como las desgracias nunca vienen solas, en el mismo paquete se presentó una prima, de Riesgo dicen que era su nombre, y arrasó con lo que quedaba. La situación provocó grandes tasas de desempleo y desocupación y gran parte de la población empezó a vivir por debajo del umbral de pobreza.Tras hundirse sus entidades bancarias ningún banquero fue encausado por su mala gestión, más bien abandonaron el barco con los bolsillos llenos por los servicios prestados. ¡Uf! ¡qué vértigo! Menos mal que todo esto ocurrió en el año 1929.
© María Pilar

01 diciembre 2011

José Luis Sampedro Premio Nacional de Literatura

Hace unos días he tenido la suerte de ver a Héctor Alterio y Julieta Serrano representando en El Principal de Vitoria 'La sonrisa etrusca'. Una obra inspirada en la novela homónima de José Luis Sampedro.
Todo el potencial dramático que late en la novela lo transmite Héctor Alterio desde el escenario al transformarse en el viejo campesino calabrés que por motivos de salud tiene que viajar a Milán a casa de sus hijos. Allí va a descubrir y nosotros con él, el choque de dos mundos culturales diferentes, la sensibilidad y ternura tras la coraza de partisano que lo envuelve y también el amor que surgi en la llamada "tercera edad". Quedé prendada de este actorazo ¡Sublime!. Él mismo ha calificado esta adaptación teatral de "difícil y compleja" por los "continuos cambios en el tiempo, del pasado al presente y viceversa".
Hoy desayuno con la noticia de que el escritor barcelonés José Luis Sampedro ha gando el Premio Nacional de las Letras Españolas 2011. Escritor, economista y que a sus 94 años sigue muy comprometido socialmente como todos pudimos verlo apoyando el movimiento del 15-M.
Me encanta poder escribir esta entrada uniendo a dos personas que tienen mi admiración: Héctor Alterio y el profesor José Luis Sampedro.
¡Enhorabuena profesor!
© María Pilar