24 febrero 2015

El caso de las joyas robadas

Cardini Spañoleto ̶ su verdadero nombre era Aitor ̶ había llenado el Madison Square Garden precedido por su gran fama de mago ilusionista. Sus trucos tenían magia e inteligencia y engañaba y divertía a la par.

Hoy era el gran día de la representación tan anunciada con truco nuevo incluido. Cuando las luces se apagaron y quedaron solo las de emergencia y las que lo enfocaban en el escenario, sintió la atracción de alguien que desde las gradas ejercía una influencia sobre él. Le hacía perder concentración. Era la misma atracción que lo inexplicable de sus actos ilusorios ejercía en las multitudes que lo seguían allá donde se presentaba.

Abrió su maletín para que todos comprobasen que estaba vacío y al cerrarlo se encendieron las luces del pabellón. Lo abrió y lo cerró varias veces repitiendo el mismo efecto de luces. Los destellos de las joyas resaltaban la belleza de Nerea sentada como una espectadora más entre las primeras filas del graderío. Su mirada curiosa y expectante le daba un aire de juventud a su madurez actual. En los metros que los separaban estaban todos los kilómetros recorridos durante tantos años y le pareció que el tiempo había dado marcha atrás. La herida que había creído cerrada era más profunda de lo que pensaba. Abrió una vez más el maletín y un clamor se extendió por todo el pabellón ante lo que allí vieron a la par que una señora gritaba: ¡Mis joyas!¡Es mi gargantilla!

La recibiría en el camerino para devolvérsela por el gran valor que tenía. Los de seguridad la acompañaron hasta allí y así pudo seguir con su magistral actuación sin ningún temor a un fracaso estrepitoso por el nerviosismo que le imponía su presencia.

Aunque no lo había querido reconocer, siempre había sabido que algo así sucedería. Por lo demás, el caso había prescrito.

La quería como a ninguna otra había querido jamás y se lo merecía todo. Por eso lo de las joyas de "esmeraldas de calidad excepcional con brillantes", decían los periódicos del día siguiente sobre el gran robo que se había llevado a cabo en una importante joyería vitoriana. "Una banda organizada del este, muy peligrosa".

Su trabajo de barrendero municipal no le dio a ella el menor motivo para desconfiar del regalo, con lágrimas emocionadas le agradeció que se desprendiera del tesoro más valioso que le había dejado en herencia una tía abuela viuda de un capitán de marina mercante.

Él solo, con sus excepcionales dotes de observador, la habilidad de sus dedos y su concentración mental, había dado limpiamente el golpe sin despertar la menor sospecha.

Hasta entonces, los juegos de prestidigitación e ilusionismo lo habían ocupado horas y horas. La capacidad de concentración era un rasgo de su carácter que siempre lo había acompañado y que los demás, viéndole tan introvertido y solitario, lo achacaban a una rareza de carácter. Su aspecto bonachón y su amabilidad siempre lo habían protegido, pero se preguntó: ¿Quién lo protegería cuando ella saliera a la calle luciendo esas joyas ahora que todo el mundo las había visto en la prensa? Esa misma noche desapareció y las lágrimas de Nerea cerraron el estuche durante años.

© María Pilar
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15 febrero 2015

Celos que matan

El hombre que me enamoró era inteligente, apasionado y divertido. Nos conocimos en 5º de Derecho y cuando él encontró un buen trabajo en un bufete de abogados decidimos casarnos. Yo podía quedarme en casa. Al principio todo fue muy bonito, pero poco a poco se fue desmoronando con las broncas que me montaba porque miraba a este o sonreía a aquel... Hasta el día que empezó a golpearme cegado por sus celos irracionales.
Hoy, cortando definitivamente todos los hilos de mi destino me ha gritado: ¡En adelante no saldrás de casa, así podré estar tranquilo!
En el aire ha quedado el retumbar del portazo habitual. No puedo aguantar más y en mi interior algo se quiebra violentamente. Mi cara se queda desencajada, mis piernas se doblan y todo mi ser es un ovillo. La visión empañada me impide distinguir esa sombra que se me aproxima, oigo su voz queda diciéndome:
—Mamá...
—Mi niño, pero estás aquí, en mi habitación.
—¿Por qué papá es malo?
—Papá no es malo, nos quiere mucho.
—Tú siempre dices que no diga mentiras.
¡Cuánta desdicha en la mirada de mi pequeño! Es el acicate que me activa y me hace sentir viva. Si consiento que mi hijo pase por esto, será mi peor condena. Trago saliva y parpadeo intentando frenar las lágrimas que se deslizan por nuestros rostros abrazados.
Lo acaricio, le miro a los ojos y le digo:
—¡Vámonos!
Lo cogí en mis brazos y nos fuimos de su vida como quién se va de una frase.
© María Pilar
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05 febrero 2015

Mujeres que pisan fuerte

 RETO: ESCRIBIR UN MICRORRELATO
CON UNAS FRASES AL AZAR DEL LIBRO: Alicia en el País de las Maravillas
Alicia estaba ya tan acostumbrada a que todo cuanto le sucediera fuera algo extraordinario, que le pareció de lo más soso y estúpido que la vida siguiera por el camino normal, pero terminó aceptándolo y más cuando ya no era la joven que fue sino que vivía en un cuerpo de mujer ya cumplidos los cincuenta. 

Se daba por lo general muy buenos consejos a sí misma, aunque rara vez los seguía, como esa dieta que se había propuesto, en realidad no la cumplía por simple pereza, se justificaba diciendo que a ella le gustaba lo natural como la vida misma. 

Se encontraba en la cocina dando vuelta a la tortilla de patata que preparaba para la cena cuando oyó que Tom entraba. Tras largos años de convivencia, hasta esos detalles tan nimios, como el ruido que hacía al abrir la puerta, le informaban que era él. Siguió poniendo todo el entusiasmo en la realización de su obra. En eso, Senen, el cocinero del Sagartoki, le llegaba a la altura del tobillo. ¡Con tantos miles de euros del dinero público puestos para el premio! ¿Cómo le iban a dar el Guinness World Records? Si la tortilla no lleva euros; solo patatas, huevos, aceite de oliva y sal. Como la hizo ella cuando se presentó al concurso de las fiestas de su barrio, Judimendi. Porque Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes al recoger el 1.º premio: 
«Gracias, y espero que todos disfrutéis de un plato tan exquisito como lo es la tortilla española hecha al estilo tradicional, con la textura ligeramente cremosa por dentro. Para chuparse los dedos». 

Absorta rumiaba estos pensamientos cuando alcanzó a oír los pasos que al atravesar el umbral se paraban. Por fin, el destello de unos ojos familiares empequeñecidos por las bolsas de los párpados. Tom, con toda su envergadura enfundada en sus 60 años, la estaba mirando muy nervioso, se retorcía las manos regordetas apoyado en el dintel. Tan solo dejó escapar un suspiro profundo.

«¡Curioso y más curioso!, —pensó Alicia volviendo tranquilamente a la tortilla—. Algo no va bien». 

Hasta que le oyó decir con voz ahogada: 

—Te voy a dejar, me he enamorado de otra. 

Supongo que ahora encontraré mi castigo ahogándome en mis propias lágrimas, ¿verdad?—le contestó, suspendiendo su labor y girándose para mirarlo de frente. —Para mí hace tiempo que te has ido. 

Aquí todos estamos locos, Alicia. Yo estoy loco y tú estás loca —dijo él tragando saliva. 

—A estas alturas de mi vida como que me da igual. Claro que son 20 años de amor, amor que era mantequilla de la mejor, donde yo puse el doble para suplir tu parte. Porque tú con arrebatarme la ropa en tus momentos de lujuria ya habías cumplido. Cuántas veces, cuando volvías a casa, sin quitarte el mono de mecánico manchado de grasa, me poseías aquí, en el suelo de la cocina. ¿Acaso yo no te correspondía con el mismo ardor apasionado? Claro que entonces mi piel temblaba con tan solo el roce de la tuya. Pero ahora, ¿en qué se parece un cuervo a un escritorio? Pues en eso nos hemos convertido tú y yo. 
 
La teoría del verdugo —siguió diciendo Alicia con una voz fresca —era que resultaba imposible cortar una cabeza si no había cuerpo del que cortarla, pues eso es lo que pasa aquí, no hay cuerpo del que cortar porque no queda nada del amor que hubo entre nosotros. El mando a distancia con el que ejercías el control sobre mis sentimientos hace tiempo que está desactivado. Recoge lo que tengas que recoger y si te apetece, te invito a un pincho de tortilla de despedida. ¡Ah! ¡Y necesitas un buen corte de pelo!