25 noviembre 2012

María y la quema de libros en la plaza de Bergara


“Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres.” 
(Heinrich Heine)
Es difícil reprimir un escalofrío ante las durísimas imágenes de guerra o revoluciones con las que nos bombardean los diferentes medios de información. El ensañamiento para destruir toda ideología o vestigio de cultura diferente a la dominante no debiera dejar a nadie indiferente, pero es tal el vértigo que produce la fluidez informativa que un acontecimiento social o deportivo puede taparnos la noticia más cruel sin que lleguemos a digerirla.

Esta entrada se la debo a María. Ya había cumplido los setenta cuando yo la conocí, trabajaba de maestra porque necesitaba años de cotización a la Seguridad Social para poder jubilarse. Era fuerte y enérgica, las vicisitudes que había vivido no le habían doblegado su carácter, más bien se había afirmado en sus posiciones. 

En la clase era donde se sentía perdida, confusa y fuera de lugar, no encontraba ni las gafas que llevaba puestas. Tenía el cabello gris, corto y ondulado, el rostro cansado y arrugado y el cuerpo pesado de las señoras que no se han dedicado a ellas mismas, sino que han sido otras las preocupaciones de la vida que les ha tocado vivir. Su mirada tras las gafas de gruesos cristales… ¡Hay su mirada! El fuego que María tenía en los ojos cuando te contaba cómo en la plaza de Bergara los falangistas hicieron una pira con todos los libros y la obligaron a presenciarlo, provocaba un silencio helador.

Cuando unos camisas azules aparecieron por su casa de madrugada supo lo que era el miedo. Unos días más tarde, un joven falangista dio la antorcha a su jefe en cuanto bajó del estrado de la plaza del pueblo al término del discurso. Al tomarla parecía empequeñecerse ante la magnitud de su culpabilidad. El olor y el humo obligó a la gente a expandirse. Se oyó un rumor generalizado. Las llamas comenzaron a chisporrotear mientras las páginas escritas se consumían en su interior. Era la queja de los libros al sentir cómo les arrancaban las palabras que albergaban. Y estas, en su intento de huida del infierno que las devoraba, volaban hacia un cielo que no quiso ver tal monstruosidad y se oscureció. El fuego las deshacía y terminaban cayendo como pavesas. 

María deseaba que la llevasen con ellas, sin embargo, solo podía permanecer allí con los pies pegados a una losa de la plaza y los ojos transformados en llamas. El sabor a ceniza que se le pegó a la garganta, el calor que le quemaba por dentro y, lo peor, el estruendo devorador del fuego que la acompañaría siempre, le producía tal impotencia que un torrente de lágrimas estaba a punto de derrumbarla. También ella miró al cielo que seguía agazapado. 

Mientras ellos disfrutaban con la destrucción, removían los libros, los volvían a rociar soltando risotadas y palabras soeces, se dijo que no debía mostrarles ni un segundo su debilidad. Las palabras vinieron en su ayuda y se dedicó a recitar silenciosamente versos que le surgían a raudales de memoria y le sorbían las lágrimas.
   
A fuerza de tragar sus emociones y su sensibilidad, se convirtió en la mujer dura y fría que yo conocí. Ya antes de la quema de los libros, debido a que dominaba un perfecto francés, había sido la responsable de un barco cargado de niños en dirección a Bélgica para entregarlos a familias de acogida y librarlos de los horrores de la guerra de aquí (1936-1939). Por poco tiempo les había dicho, era lo que ella creía; pero vivía con el dolor de no haber cumplido su promesa de volver a recogerlos. Estaba segura que los niños sentirían que los había traicionado.

© María Pilar

18 noviembre 2012

La adopción de un nuevo perro

Estos días son numerosas las campañas y las páginas web que nos hablan del cuidado que hay que tener si regalamos un perro por Navidad, puede ser el mejor regalo que podemos hacer, pero si no se ajusta al perfil del nuevo propietario  o no puede responsabilizarse del mismo, tal vez aparezca en el contenedor de basura.También nos recomiendan adoptar un perro en vez de comprarlo por lo que supone de acción solidaria  aparte de la cuestión económica. Nos dicen que hay inmensidad de cachorros esperando una oportunidad y perros grandes que se adaptan a cualquier circunstancia.Todos hablan de educar al propietario para que sepa a su vez educar al perro, de cómo elegirlo, dónde adoptar, direcciones,… Ni una palabra sobre el personal de estos centros de adopción, se da por hecho que es el más idóneo y el mejor preparado para desempeñar esa labor. Entiendo que en la mayoría de los casos será así. Lo que escribo a continuación es un es un hecho real.
Después de la muerte de Moro, quedó tan vacía la casa que parecía que faltaba el estímulo para seguir viviendo y es que cada rincón del jardín y en cada momento del día se notaba su ausencia. 
Llegó el día que nos habían señalado para ir a adoptar al nuevo perro. Toda la familia preparada con el tiempo suficiente para no llegar tarde a la cita. Ya en el coche se nos acerca el abuelo nervioso por las horas de espera y nos dice: "Os acompaño también yo, así lo veo enseguida". 
Se lo habíamos descrito con todo detalle después de la visita anterior al centro de adopción. Cachorro de unos tres meses, con una oreja puntiaguda y la otra completamente caída, vivo, gracioso, juguetón, lleno de energía y necesitado de cariño; sí, seguramente iban a congeniar. 
En cuanto se asomó para vernos, supo que era él. 
El abuelo, hombre vigoroso y muy hábil en saber cómo tratar a los perros, pronto lo encandila. Se le acercó y le habló con cariño. El perro se dejó acariciar, al principio temblaba; pero pronto, una luz radiante iluminó sus ojos y nos contagió con su alegría. 
Le hacía carantoñas y él lo seguía con saltos y piruetas. Sacó de una bolsa una flamante correa, se la puso y el pequeño cachorro zalamero y juguetón no paraba de subirse con sus patas delanteras por el pantalón del que ya consideraba su dueño. Parecía estar empezando una bonita historia. 
Nos manifiestó con orgullo la aceptación mutua y lo catalogó como muy listo y vivaz, al que tendría que cuidar con toda clase de precauciones para que no se le escapase, sobre todo al principio. 
La crueldad se hizo presente en la entrevista con la directora del centro de adopción. 
—¿Adónde va a ir este cachorro? 
—A una finca 
—¿A una finca? Ni hablar, para que se muera de frío. 
—Pero si es donde vivimos nosotros, porque lo llevamos con nosotros. 
—¿Quién es el que va a estar más tiempo con el perro? —Mientras nosotros trabajamos y las niñas están en el colegio, el abuelo. 
—¡Pero si es un señor mayor! 
—Sí, pero siempre ha tenido perro en casa y sabe como tratarlos. 
—Yo quiero que me aseguren quién se va a hacer cargo de este perro dentro de 15 años. 
—Señora, dentro de 15 años no sabemos lo que nos puede pasar. 
—¿Y qué lugar de la casa va a ocupar? 
—Ya tiene preparada su caseta en el jardín. 
—¡En una caseta!¡Un miembro más de la familia! Eso sí que no lo consiento. 
—Es que va a vivir con nosotros. 
—Sí, pero luego que se muera de frío. Aquí no hay cultura de cómo tratar a los animales. Ustedes tienen que aprender mucho de las personas extranjeras, ellas vienen hasta aquí para adoptar a su perro y saben como tratarlo. 
—Sobre todo los que les ponen vestiditos y zapatos. 
—Yo no digo que ustedes le tengan que poner zapatos, pero que tienen mucho que aprender de cómo tratan ellos a los animales y bla, bla, bla… 
El abuelo durante todo el tiempo se mantuvo en silencio y ya sin ninguna esperanza de conseguir lo que más deseaba, tan sólo empujado por el deseo de que no lo siguieran humillando se me acercó y dijo: "Vámonos". 
Mientras yo me despedía, lo ví alejarse con la bolsa en la que había vuelto a guardar la correa sin estrenar a la vez que una lágrima furtiva se le escapaba. 
Lo más duro fue soportar cómo unos ojos tristes y silenciosos a nuestra espalda se sentían abandonados una vez más. 

© María Pilar

08 noviembre 2012

¿Quién ha vivido por encima de sus posibilidades?

Carlos Jacanamijoy
Antes había en los hogares peleas por el mando de la televisión ahora la niña pasa horas muertas con el whatsapp, el padre con el portátil, la madre con su tableta y la abuelita, que es la que ve la tele, no necesita el mando porque dice que para lo que hay que ver... Aprovechando este despiste generacional, alguien que se encuentra muy lejos, se ha hecho con el mando a distancia de este país y es desde el que nos dicta severas órdenes de obligado cumplimiento.
¿Cómo es posible que nos dejáramos robar el mando? Dejamos de vigilar confiados en que otros lo hicieran y a esos otros la avaricia les rompió el saco. Ahora nos hablan de bancos malos ¡Vaya eufemismo! Como si fueran niños traviesos y no sinvergüenzas corruptos (no insulto, solo defino) que provocan desahucios de familias pisoteando recuerdos y vivencias sin ningún pudor. Sacan a las familias de sus casas y se llevan por delante todo el trabajo y la ilusión por levantar un hogar donde vivir con los suyos. Su crueldad es tal que les marcan a fuego de por vida con la deuda que tendrán que seguir pagando. ¿Entiende alguien eso? ¿Acaso no hay responsabilidad bancaria en la concesión de créditos tan alegremente con los que obtenían grandes beneficios? 


Bancos malos sí, porque los buenos todos los conocemos. Esta ciudad que cuenta con la mayor superficie verde por habitante de toda la península conserva muchos de ellos. Son los de cuatro patas que repartidos por la localidad dan lo que los otros niegan: colchón en el que pasar la noche, compañía, consuelo y paño de lágrimas ante tanta desgracia.

Pero papá, que sabe que el niño de sus ojos es el niño malo, le va a tapar todas sus trampas, los millones saldrán de donde salen siempre. Los otros hijos, los que lloran sus penas en los bancos buenos, se harán cargo y pagarán hasta el último céntimo que para eso han vivido por encima de sus posibilidades.
© María Pilar

01 noviembre 2012

Tiempo de nostalgia

Fuimos un tándem perfecto, la pareja ideal, la suavidad de su trato, la caricia de sus manos y su dulce atractivo sacaron lo mejor de mí. 
Lo nuestro era un baile acompasado, ningún ritmo se nos resistía; nuestras vueltas, piruetas, saltos y vainica doble causaban furor y eso que siempre andaba muy ocupada, pero la noche, la noche cuando todos los demás dormían, esa era nuestra.
Solo había que ver las miradas que me echaba, el mimo con el que me trataba, los susurros que yo le entendía perfectamente con el simple movimiento de sus labios. Sentir sus manos y verla recostada sobre mí me ponía a cien por hora. ¿Cómo resistir su belleza mediterránea y su sonrisa cautivadora? Era delicioso ver su cara tersa y esa sonrisa de satisfacción cada vez que entrelazados terminábamos lo que con tanta pasión empezábamos. 

Tenía una capacidad extraordinaria para hacer conmigo mil virguerías sin sacar nunca una nota discordante, su ingenio y creatividad hicieron que lo nuestro nunca cayera en la rutina. No se quedó observando la vida sin más, era pura actividad con entrega total en lo que hacía y en todo dejó parte de su alma
Ahora ya no soy joven. El otoño con sus días brumosos y plomizos extiende su manto sobre mí y me envuelve en un abrazo de melancolía. De vez en cuando, alguien quita el polvo que se me va posando en este rincón donde estoy y con ello levanta esa tela nostálgica. Con la bayeta repasa las letras de mi nombre: SINGER. Yo bien sé que no son sus manos, pero con este gesto me abre a la luz de lo mejor de mis días.
© María Pilar