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Se armó el belén

En el belén no había guirnaldas ni espumillón navideño, pero sí una estrella de purpurina que flotaba sobre un cielo estrellado. Su misión era la de guiar a los Reyes Magos hasta el portal porque los camellos jorobados que los traían no sabían el camino. El niño Jesús en pañales temblaba de frío en el pesebre. La Virgen, sentada a su lado, no se cansaba de mirarlo; en cambio San José, de pie y con las manos en el cayado, parecía ausente. Mientras un ángel desde un árbol hablaba a los pastores que hacían gestos como si fueran a desmayarse, las ovejas bobaliconas seguían pastando en el musgo que todavía estaba fresco. A la joven lavandera la dejamos donde se encontraba siempre: junto a las aguas heladas del río de papel de aluminio. Desde lo alto, el soldado que vigilaba el palacio de cartón pintado del rey Herodes, no le quitaba los ojos de encima. Se había enamorado. Al otro lado del río, apenas dos docenas de casas de pueblo con las luces encendidas y gallinas, conejos y perros por aquí y por allá. Muy cerca, una señora con un cántaro de agua fresca en la cabeza escuchaba el golpear del metal incandescente que el herrero intentaba moldear. Y más adelante percibía el olor del pan crujiente que el panadero hacía en el horno tradicional.

Leire, la pequeña de la casa, lo miraba todo con curiosidad. Tenía solo dos años y se le ocurrió poner a la pareja de Pin y Pon en el sendero de serrín que llevaba al portal. De vez en cuando los acercaba un poco como hacía mamá con los Reyes. Los del belén se mosquearon. No les pareció nada bien y  se armó la marimorena. Decían que eso era una intromisión a su identidad y a su imagen. "¡Fuera! ¡Fuera! Que se vayan a su tierra". Acordaron que un grupo iría a hablar con el rey Herodes para que los expulsase del belén. Herodes, que no se andaba con contemplaciones, ordenó que los cortaran la cabeza.
Retumbaron los tambores y el sueño estrellado se quebró.
Tan solo un gato vagabundo se atrevió a olisquear uno de los zapatitos cercenados.

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