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El precio del futuro de la ciudad de Vitoria

El precio del futuro es inevitable. La ciudad ya no es lo que era. Grandes esqueletos en construcción de edificios altos crecen por Zabalgana a pasos agigantados, acortando la distancia de seis kilómetros que separaban la ciudad del pueblo de Zuazo. 

Ha desaparecido el estrecho camino que serpenteando entre hayas, quejigos y robles nos llevaba andando hasta al pintoresco pueblo de Zuazo. Vamos campo a través por las tierras removidas que las potentes excavadoras, con un ruido ensordecedor, están preparando para nuevas construcciones. 

Antes de entrar en lo que queda del solitario bosque podemos apreciar mejor el contraste entre los ocres otoñales. La vegetación ya no es tan tupida y nos permite disfrutar de los rayos de sol abrillantando y reforzando el colorido. El cauce sinuoso de un arroyo con apenas un hilo de agua desemboca en un humedal natural cuyo entorno nos invita a descansar. Los sauces, plataneros y avellanos sombrean estratégicamente el entorno. La panorámica que abarcamos desde este lugar es de postal. Enfrente el pequeño pueblo sobre un promontorio y al fondo las lejanas tierras de la Sierra de Badaya. 

A través de un camino asfaltado que rodea la laguna, se accede al pequeño pueblo ajeno a todo lo que le rodea. Aunque no vemos a nadie, sabemos que está habitado porque nos recibe con sus casas recién pintadas, los jardines floridos y los huertos cultivados. Nos acercamos al mirador natural situado a un lado de la iglesia para deleitarnos con las hermosas vistas panorámicas del valle. En primavera, sus infinitos tonos verdes aportan mil matices a los prados y bosques. Hoy, nos dejaremos sorprender por el maravilloso fulgor de la naturaleza, que con su fantasía, torna el ropaje verde en el dorado, ocre, rojos y naranjas que en los atardeceres otoñales lo hacen idílico. En su lugar, un inmenso mar de brillos metálicos nos ciega. Es el polígono industrial de Jundiz que ha ocupado todo el valle.

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