La gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
Antonio Machado
María se aparta la melena de la cara y cierra un poco los ojos como quien cruza cientos de kilómetros para encontrarse en un tiempo detenido. Expectante, es la imagen de una mujer joven con los ojos fijos en un punto que brilla y parpadea en la pantalla. Respira hondo. Las manos le tiemblan, se las masajea. Tal vez sean las manos el punto exacto de su cuerpo en el que se almacenan los nervios.
Allá, en un mar tranquilo, flota una estrella diminuta con su titilar trepidante. Clava la mirada en ella. «Mamá, mamá», escucha desde esos latidos del pequeño corazón de su hija que empieza a vivir en sus entrañas. Le asalta una oleada de cariño y de orgullo que diluye todas las barreras.
Quiere aprovechar esos minutos de intimidad inicial. La mira en un silencio elocuente con un gesto acogedor. «Te quiero, hija», murmura en la penumbra. Se establece un remolino lingüístico entre la madre y la hija. Palabras que se enroscan en una danza voluble, impredecible. Ellas se entienden. María ahoga una risita bobalicona que se le escapa entre los dedos. «¡Qué bonita eres!»
La voz de la madre cala en la hija más que ninguna otra, como si aquel idioma extraño fuera natural para ambas. Se abrazan, se entienden, se quieren entre lágrimas emocionadas. María reprime el impulso de alargar la mano para tocarla. No quiere romper la magia. Entrelaza los dedos en el regazo para sentirla cerca. Hay algo antiguo y sagrado en la escena. Algo que la señala como madre y la identifica con la madre tierra. El mundo se abre para ella de una forma nueva.
Cuando sale a la calle, no ve más allá; su mirada se centra en el tesoro que lleva. Se mueve a otro ritmo. Huele a primavera. El calendario que se ve desacompasado tiene que andar listo para cogerle el paso y corre sin disimulo. Estamos a comienzos de verano, y debe pasar el otoño, y el invierno; pero el verde ya se extiende ante ella. Lo huele, lo palpa, siente su frescura. Y saluda a toda la gente con la que se encuentra porque para ella ya es primavera.

Pienso en una madre, en su danza de palabras, la mía las tendría, pienso, como la mujer de tu relato. Comunicación, un misterio. Un abrazo, María Pilar.
ResponderEliminarQué bonitas palabras me dejas, Sor. La danza de las palabras de una madre, que son todas la madres, ante el misterio de la vida.
EliminarUn abrazo.
Un reconocimiento al ser que empieza a existir en su interior, ese comenzar a contar los días, con la alegría que conlleva el tener descendencia.
ResponderEliminarBesos.
Gracias, Alfred.
EliminarBesos.
Solo una mujer emeritaria tus letras, nosotros somos profanos en ese sentir
ResponderEliminarSaludos
Gracias, Charly, por dejarme un comentario tan sincero. Sí, porque este relato es un homenaje a todas las madres.
EliminarSaludos.
Uy que lindo relato. te mando un beso.
ResponderEliminarHola, Citu, me alegro de que te haya gustado. Otro beso vuela para ti.
EliminarPara que te salga un relato así de bonito hay que tener tu sensibilidad, ser escritora y haber sido madre.
ResponderEliminarFelicidades.
Un abrazo.
¡Uf! Chema, tanto elogio me pone colorada.
EliminarGracias. Abrazo.
Maravilloso relato. Cómo la vida misma. El amor de la madre danzando con sus bellas palabras.
ResponderEliminarPrecioso.
Un abrazo
Gracias, Nuria. Un placer verte por aquí.
EliminarUn abrazo.
El latido interior es intimo, se comparten sensaciones personales y privativas, caben las palabras que afloran sonrisas. Precioso dialogo entre amabas mujeres que aun no se han visto la cara . Un abrazo
ResponderEliminarGracias, Ester, por tus bellas palabras.
EliminarUn abrazo.