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En el quirófano

Frío, frío es lo que notaba y dos enormes ojos bisojos, de neón, que se me acercaban y se alejaban desacompasados. Mi estado de ansiedad contrastaba con los comentarios jocosos y el ambiente de risas que pululaba entre el equipo de enfermeras en torno al cirujano cuya bata verde dejaba entrever su corpulencia. Este, sin piedad, ya me estaba clavando una enorme aguja directamente en el nervio de la mano derecha. “Tenía que inmovilizarla” decía, para poder operar. “Salvaje” “Salvaje”, pensé. La mayor de las enfermeras con una sonrisa burlona que se ensanchaba me preguntó:
—¿A que tú estás con nosotras?
—No, no; yo estoy con el doctor, en estos momentos no puedo decir otra cosa —le respondí modosita, más que nada por no contrariar al cirujano cuyos brutales instintos intuía.
La voz socarrona del doctor sonó como un eco deformado de mis palabras: “En estos momentos no puedo decir otra cosa”
Una vaga sombra empezó a aparecer por encima de la manta que me cubría. Fue creciendo y proyectándose por todo mi cuerpo hasta llegar a taparme completamente. Era la del doctor que quitándose la mascarilla, se inclinó ante mí con una mueca salvaje mostrando el trofeo:¡Un dedo sanguinolento que aún lucía mi anillo!

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