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La tragedia de la niña de siete años

Hay entre el pueblo de Villamediana y el río Pisuerga un extenso valle que se ha ido formando por sedimentación tanto del arrastre y depósito de las aguas de escorrentía como de los arroyos que lo cruzan.
Théodore Géricault
La abuela, mujer de carácter, era la mejor amazona de la zona y montada en su caballo, aparecía en cualquiera de sus fincas cuando menos se lo esperaban para vigilar el trabajo de los obreros. Lo que en un hombre se hubiera visto como normal, en ella chocaba, era mujer y ¡vaya mujer! No se sometió al papel de esposa sumisa que marcaban los cánones de la época. Antes del nublado —los de la zona todavía hablan de antes del nublado como referencia temporal— estaba pletórica de salud y vida, y después salió de él envejecida y enferma.
El ama de llaves, enjuta y cargada de espaldas, musitaba un soniquete de oración para ahuyentar los malos espíritus. Envuelta en un halo de tristeza que embargaba su espíritu le susurró que seguía oyendo noche tras noche cantar al búho encima de la casa. La abuela la recriminaba: ¿Te parece poca desgracia la que ya estamos padeciendo? Cada vez que volvían los de la búsqueda los inquiría con un gesto acompañado de una enérgica mirada. Al ver la negación en sus rostros, se enojaba y maldecía: ¡mi nieta a merced de las alimañas! Sentada en su silla, con las uñas ennegrecidas por el trabajo de los últimos días, miraba las paredes húmedas de su casa. Con amargura se resignaba a todo menos a no encontrar a su nieta. Determinó salir ella con la cuadrilla. Ese día se vistió el carácter del que siempre había hecho gala y les habló muy claro: no tenemos más suelo que el que pisamos y si está lleno de lodo pues lo tendremos que secar.
Avanzaron bajo las sombras de los olmos que había a los lados del camino hasta llegar al otro lado del río. Allí se vivía la normalidad que ellos habían perdido, el sol brillaba con alegría sobre cerros pardos y campos dorados, los pardales trinaban entre las ramas de los árboles y el viento traía el olor de la cosecha que se estaba recogiendo en las parvas de las eras.
Cruzaron el puente romano y siguieron el camino angosto por donde se metieron en la densa orilla del río. La frondosidad de la maleza, matorrales y espinos hacía que fuera complicado moverse. Los tábanos los asaeteaban y los moscardones zumbaban por doquier. El encargado de los jornaleros que encabezaba el grupo parecía estar seguro de encontrar allí lo que buscaban.
—Mirad, mirad— dijo.
— ¿Qué pasa?— le preguntó Felipe.
—Allí, allí. ¡Hay algo!
Las chicharras no paraban de cantar y el río seguía con su grave rumor. Los del grupo se santiguaron y se quitaron el sombrero de paja. Donde el río hacía un gran meandro, allí, tras arrastrarla 11 kilómetros, se había cansado de ella y la había vomitado. Una sombra más negra que la noche los envolvió a todos. Un sapo saltó en el barrizal y sintieron el rozar de la culebra al deslizarse. Sí, era ella, ella que ya no miraba. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de la abuela que rápidamente la envolvió en su mantón negro, la cogió en brazos y sin más, tomó la vereda que le conducía a su casa y, aunque no pudo con las alimañas que tanto temía, sí se la arrebató a las garras de las aves rapaces que sobrevolaban la zona. El río zaíno cantaba la misma canción de siempre una vez calzado en su propio cauce. La abuela no quiso escucharlo, ni giró la cabeza para contemplar la placidez y relajación veraniega en la que vivían los pueblos del otro lado. Echó a andar con la cabeza alta y los ojos arrasados en lágrimas, sintió frío y percibió con inquietud su propio fin. 

Los demás, en silencio, la siguieron.

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