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La noticia que nunca dan los noticieros

Una mañana serena, soleada, con una brisa fresca que terminará por barrer las nubes.
Empezar el día así, se hace más fácil la vuelta al trabajo y como he salido de casa con tiempo puedo ir tranquila observándolo todo.
¿Qué historia habrá en la vida de ese Cocker Spaniel que mea en el castaño de indias del parque? Su dueño se hace el despistado. Estoy segura que no lo pierde de vista. Algunos jubilados de poco dormir salen a andar en grupo, como cada día. Esos ciclistas que pasan por el carril bici con la mochila a la espalda, ¿van también a su lugar de trabajo?
¡Cuánta gente sube y baja en la parada del tranvía!
Una marea de jóvenes está entrando en el instituto; gritos y risas celebran el encuentro.Todas las tiendas ya están abiertas y la vida comercial fluye. La ciudad ha despertado del letargo de las vacaciones.
En contraste, los nubarrones de las noticias económicas y el ataque terrorista que han escupido los medios de comunicación esta mañana, nos envuelven en una atmósfera asfixiante. Estamos muy pendientes de los noticieros y con el sentido fatalista que nos inunda nos preguntamos quién será el siguiente asesinado, extorsionado o secuestrado. Vivimos en el País Vasco en un ambiente social tan enrarecido... 

Hoy quiero echarle coraje y detenerme en las pequeñas cosas que nos trae el día. Me complace comprobar el espíritu tan normal que impregna el ir y el venir de los habitantes de mi ciudad. Creo percibir que en esta hora de la mañana la vida de la gente transcurre en una convivencia armónica, lo que no es poco.

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