Museo del Prado
Tres bellísimas jóvenes rebosantes de carnal picardía muestran con gozo sus cuerpos desnudos. Se entrelazan por  los hombros y bailan al ritmo de una divertida música. La cascada de cabellos rubios que le cae por la espalda a Áglae, la más bonita, produce un hechizo en  Don Diego, que las está observando. Siente que  adentra sus manos entra los rizos y percibe el aroma a flores silvestres que los envuelve.

Las tres cuchichean. “Ahí lo tienes, encendido de pasión” le susurra Talía  y hábil le baja el brazo para que luzca  su frescura palpitante. Don Diego entra en  éxtasis ante tanta belleza, la ama con locura y una locura tendrá que hacer para conquistarla de verdad. Áglae no se atreve a mirarlo de frente y aparenta seguir el juego de sus compañeras, pero le quema el roce de esas pupilas negras acariciando su piel, la electrizan las caricias de esas finas manos y ese soneto cargado de fogosidad: “Ser viento que despeine tu melena, ser sol para provocarte un guiño, feliz penado si fueras mi impedimenta”. Las muchachas ríen en tono jocoso y picante, Áglae sonríe, pero su mirada presta más atención a su enamorado de la que aparenta, el brillo en sus ojos  la delata, desea corresponderlo.

Don Faustino Rodríguez, un hombre de paz, se mueve con familiaridad por aquellos pasillos, y más a esta hora que ya solo queda el silencio. Llega a la sala Rubens, hace un inciso, toma un sorbo de agua, carraspea; por fin, se planta ante el único visitante y le señala la hora. Mucho se teme Don Faustino que este poeta de aspecto exánime  esté bajo el efecto de algún embrujo. El poeta lanza un guiño de complicidad al cuadro y don Faustino se santigua.





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