Caras Ionut

La adolescencia de María es un tren con el traqueteo de los del pasado. Un tren que con sus silbidos envueltos en hollín deja atrás los ondulados campos mecidos por el viento y serpentea montañas inabarcables que le descubren las grandes dimensiones del mundo frente a su pequeñez. Sentada balancea los pies que no llegan al suelo para matar los nervios al asumir sola la responsabilidad de llegar a su destino. Por la ventana pasan árboles y postes a velocidad de vértigo, giran en redondo para volver a empezar de nuevo como una danza de fuerzas en las que todos quieren ser el primero. Cuando sus párpados rígidos caen cansados las imágenes siguen girando en su interior y rompen la calma tensa que entumece sus miembros. Se agarra al asiento y se muerde el labio inferior para aguantar las lágrimas que ya están saliendo al descubrir sus miedos. Y pensar que le pareció una aventura cuando se lo propusieron.

El mundo que deja está hecho a la medida de los que lo viven y lo disfrutan, aquí las dimensiones se agrandan como los silbidos del tren al propagarse. Allí sus pies, fieles a su manía de no pisar rayas, saltaban de piedra en piedra cuajadas de sueños y el reflejo de un charco le devolvía una niña pizpireta que le entusiasmaba. Ahora se siente una hoja que rueda sola hacia un destino incierto. Atrás se queda su infancia que guarda los trinos de los gorriones columpiándose en los cables de la luz y las nubes algodonosas que le contaban cuentos, el miedo a las noches en las que ululaba el viento y dos largas trenzas de sedoso cabello negro caídas en el suelo. Para que puedas peinarte sola, le dice el rumor del arroyo entre juncos con la sonrisa de su madre que ella guarda muy dentro. 

Cuando ya siente el traqueteo en sus pies una puerta le hace guiños y allí  se cuela. Descubre libros, muchos libros y leyendo, los nudos se desatan, los sentimientos afloran y una cortina húmeda le impide ver las gotas que caen en el pavimento. Llueve, sí, pero ella vuela.   

© María Pilar