La Danza de Villamediana 
̶ Por fin llegan los días más esperados del año.
̶ Pero ¿qué dices? Si estamos en agosto.
̶ Cómo se nota que no tienes pueblo. ¡Hablo de Las Fiestas del Pueblo! Mira, no te preocupes, tú te vienes conmigo a Villamediana que en las fiestas de mi pueblo cabemos todos.
Desde que se ha publicado en las redes sociales el programa de las fiestas de este 2015, el whatsapp, los móviles, el fijo o “el boca a boca” están que echan humo transmitiendo la noticia. No necesito recurrir al tópico de que son de las mejores, porque lo son y a ver quién es el guapo que se atreve a decir lo contrario y menos si es del pueblo de al lado.
Son el 3º fin de semana de agosto y no están dedicadas a ningún santo en concreto porque el pueblo no tiene, pero tiene un Beato S. Francisco que hace las veces; minucias sin importancia porque de lo que se trata es de celebrar lo que conocemos como LAS FIESTAS DEL PUEBLO.
Todos reservamos esos días aunque estemos de vacaciones en la playa, en la montaña o en un país exótico. Las fiestas cumplen con una acción imán y cual tornado nos empuja en una sola dirección. Incluso los que ya están en el pueblo esperan este encuentro, porque vacaciones y fiestas no es lo mismo. En ellas nos afirmamos como pueblo, nos sentimos orgullosos de pertenecer al mismo y con nuestra participación lo manifestamos sin necesidad de colores ni banderas. Bueno, banderines adornando las calles sí, que para eso estamos en fiestas.
Todo el pueblo, pero sobre todo la plaza con el paseo flanqueado por plataneros se convierte en un escenario de ocio muy diferente al de cualquier otro día, se impregna con el pálpito de la fiesta y nos encontramos personas que no nos vemos desde el año anterior o que nunca nos hemos visto y nos saludamos y tomamos algo juntos charlando amigablemente.
Se preparan con una gran paella popular de víspera para ir tomando el pulso a lo que está por venir. El bonito paseo del pueblo, espacio multiusos donde los haya, hace de  comedor al aire libre acogiendo bajo su sombra a cuantos del pueblo quieran participar del buen ambiente en torno a una mesa. L@s cociner@s voluntarios se entregan a tope para superar el objetivo del año anterior y al final tener la satisfacción personal y un caluroso aplauso.
Oficialmente empiezan tras el pregón (¡que he sido la 1ª mujer pregonera!) con una gran hoguera delante de la casa del Beato que los más osados se atreven a saltar. Mientras, tomamos un chocolate caliente, el tamboril y la dulzaina amenizan sin parar y los cohetes esporádicamente retumban en los cielos para anunciar la celebración.
Al día siguiente, por la mañana, las campanas repican a la par que las castañuelas de l@s danzant@s que hacen lo más difícil, subir danzando las tropecientas escaleras de la iglesia a las 12 del mediodía bajo un sol abrasador, la tradición manda y siempre lo logran sin dar ni un solo tropezón. 
Las verbenas amenizan la noche haciendo bailar hasta a los que nunca lo hacen porque en unas fiestas que se precien la música no puede faltar con orquestas que den el cante en todos los sentidos: volumen a tope, luces, puesta en escena… que para eso se llevan la mayor parte del presupuesto; y canciones, las de siempre son las que más éxito tienen, que el público ya se las sabe y puede tararear. Los mayores bailan requetebién a lo “agarrao”, los no tan mayores también demuestran para qué les ha servido el curso de bailes de salón y poco a poco nos animamos los que no lo hacemos tan bien, pero que le ponemos ganas. Avanzada la noche, los jóvenes abandonan sus peñas-guaridas, que no sus cubatas, para incorporarse al baile de la plaza. A estas alturas la mezcla entre generaciones es total ya suene Paquito el chocolatero, la batidora o el baile del caballo. (No sé la canción de este verano, pero seguro que allí me la aprenderé) Los apretones ante tanta bebida se resuelven en La Calleja, que está cerca y es zona oscura.
Para los disfraces se improvisa o se rebusca en los baúles de antepasados que siempre algo se va a encontrar, porque en fiestas todo vale si se adereza con gracia y se sabe llevar. Los que más aguanten verán todos los días amanecer en la peña o en alguna bodega. La fiesta no se interrumpe, las chuletillas, el chorizo asado o el torrezno, regados con un buen vino, ayudan a recuperar fuerzas. La música, los juegos populares y los campeonatos de mus y tute tienen enganchada a la afición y todos quieren ganar la partida, pero solo una pareja se lleva el jamón.
Los fuegos artificiales y la traca nos anuncian su final y no nos hemos ido y ya la añoranza empieza a instalarse en nosotros por esos días de pura vida. La gente se despide comentando “este año ha habido más gente que nunca” y en la mente de todos están las próximas en las que nos volveremos a encontrar.
¡FELICES FIESTAS!
¡Ánimo! Lo importante es participar
©María Pilar