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16 mayo 2013

La venganza de la bruja

 Moholy-Nagy
A veces queremos escribir simplemente sobre la primavera, pero las manos sobre el teclado nos llevan por otros vericuetos y ...  la primavera tendrá que esperar.

Cuando pasó el invierno, los vientos primaverales traían agradables susurros que todos los vecinos de aquel pueblo querían atrapar, abrían las ventanas y puertas de sus casas para recibir la suave caricia del sol. El sufrimiento de la vecina, que un día fue atacada por el gato, se puso en evidencia, su casa seguía cerrada a cal y canto y si por alguna rendija entraba la luz, había clavado finas tablillas para evitarlo.

Las noches de luna llena, los reflejos de luz que se filtraban por las ramas de la higuera, proyectaban figuras florales en la pared de su cuarto. A ella le parecían arte de magia y mirándolas creía notar la presencia de algún espíritu estático que la observaba. Entre insomnios y duermevelas el disco de la luna se le acercaba y en él podía distinguir rasgos de su vecina-bruja con una mueca sarcástica y una risa de ultratumba.

Con cada plenilunio de primavera, el desasosiego le aumentaba hasta que llegó a convertirse  en obsesión. Durante el día lloraba atemorizada por los rincones de su casa y las noches, ¡ay las noches! Se habían vuelto en  su peor tortura. Pesadillas nocturnas y angustiosos despertares la acosaban. Se veía perdida en lugares desconocidos, oscuros y terribles que le helaban la sangre. No había aire para respirar, ni persona viviente a la que pedir ayuda  y de una u otra manera, siempre aparecía él con sus ojos verdes como chispas en la oscuridad y después, esa enorme masa oscura que se le acercaba para atacarla. A veces, le hacía señas con su pata vendada para que se acercase. Ella sólo gritaba. “¡vete, vete!” y corría y corría pero sus pies no avanzaban y la carcajada del gato negro le retumbaba en la sien.

Se estaba convirtiendo en una mujer consumida por la desesperación. Empezó a sugestionarse con la comida porque podía estar envenenada, a no encontrar algunos objetos que le eran imprescindibles o hallarlos en diferente sitio. Cualquier ruido la estremecía. Le inquietaba hasta el de sus propios pasos porque oía risas y voces que la seguían, se tenía que detener y mirar atrás para cerciorarse. Comenzó a andar descalza, pero las tablas crujían bajo sus pies. Cuando el torrente de lágrimas se le había secado, empezó a esconderse en uno de los armarios, allí en cuclillas pasaba la noche.

Comenzó a encender velas a sus santos protectores para contrarrestar la brujería que la poseía, mas las sombras de la velas también dibujaban figuras grotescas que se burlaban de ella. El fuego de una vela prendió una cortina, ascendió hasta la caja de la persiana y el humo se hizo irrespirable en toda la habitación. Ardieron papeles, vigas, muebles y el crepitar del fuego envolvió los gritos primero y los gemidos después de la vecina que, desorientada, se sentía en un laberinto en su propia casa. Envuelta en humo huyó de la habitación y rodó por las escaleras. Su memoria cargada de fantasmas empezó a borrarse.

Los vecinos distinguieron claramente la silueta de un gato negro entre el denso humo que salía por la ventana.

09 mayo 2013

La bruja

Wassily Kandinsky
En aquel pueblo los sucesos no se catalogaban entre normales y paranormales. Las cosas sucedían y punto.

Las arpías de la vecindad decían que la bruja salía de noche en época de luna llena, que espiaba por las ventanas y que otras noches se las pasaba preparando brebajes para sus maleficios.  Contaban los vecinos que se oían golpes en su casa hasta el amanecer y que siempre había luz de velas en las ventanas. Que los perros aullaban y los gatos se erizaban a su paso. Circulaban muchas historias, dimes y diretes y nadie se preocupaba de poner alguna lógica en todo aquello.

El reloj de la iglesia daba las 12 campanadas. ¡La hora de las brujas! Este pensamiento le hizo temblar. Se quedó sin aliento cuando notó como alguien estaba empujando suavemente la ventana de su cocina. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando la ventana se abrió y saltó un enorme gato negro.  Fijó en ella sus pupilas verdes, se le erizó la piel y maulló con furia; luego, saltó para atacarla, de ahí los arañazos en cara y brazos. Ella gritó asustada, cogió el atizador y corrió enloquecida tras él, lo  que provocó un gran estropicio en la cacharrería de la cocina. Logró asestarle un golpe en la pata derecha delantera y  se marchó bufando.

En la cola que se había formado en la tienda de ultramarinos, reinaba la excitación. La vecina, que le encantaba sacar su lengua a pasear, contaba el insólito acontecimiento del que había sido víctima la noche anterior. Con los ojos brillantes desgranaba la información insinuando sin decir, callando porque “ya me entendéis” e intentando alargar ese minuto de gloria bordando los detalles con voz más baja: “por la noche, se transforma en un terrible gato negro” Pero ella, que no tuvieran ninguna duda, ahí donde la veían débil y sola, se crecía ante las dificultades. Le había atizado un buen golpe en una pata delantera, la derecha.

La bruja se acercó silenciosamente, quiso esbozar una sonrisa que se le quedó suspendida en los labios en un rictus decepcionante, tosió una tos débil y fingida. Llevaba vendada la mano derecha.

02 mayo 2013

Un pulso entre agentes policiales

Para la lectura colectiva de "La Acequia", dirigida por Pedro Ojeda.
Lectura de Primavera: "La marca del meridiano"

El agente 007
Se presenta con el apellido antes que el nombre: Bond, James Bond. Representa la elegancia británica. Es un perfecto caballero inglés amigo de las cartas, las copas y las señoras. Toma dry martins con vodka y puede beber lo que quiera sin perder el pulso. Revienta en el asfalto  un Aston Martin si así lo marca el guion.  No ama, folla con las mujeres más bellas —Úrsula Andress en bikini—. Su carrera está llena de éxitos que marcan su brillante trayectoria. Es capaz de pegar un tiro sin despeinarse. Sale indemne de todas las batallas porque el barniz que le protege le hace carecer de sentimientos, solo cumple con el papel para el que ha sido programado. Sabe que es el único que salva al mundo cada poco tiempo de un villano. Tiene cuerda para rato porque no cumple años.

El brigada Rubén Bevilacqua
La ironía es lo que le ha ayudado a sobrevivir en ese mundo carente de sentido del humor. Hace bromas hasta con su propio nombre: Rubén Bevilacqua, conocido como Vila. “Soy sudaca de nacimiento, lo de la españolidad es un aprendizaje a posteriori”. El deber, incluso el más fastidioso, no tiene nada de opcional para él. Así entiende la vida porque se sabe picoleto, aunque se vaya pisando las ojeras. Con las restricciones que tienen en la unidad, usa vehículos requisados. Es un viejo zorro que sabe esperar a que escampe, los cafés le mantienen despierto en esas esperas. Aunque, después de comerse marrones a espuertas y lograr algún éxito, a veces, le arrastra una desazón peligrosamente colindante con la tentación de pedir la baja en el cuerpo. Pasa estrecheces económicas. Está divorciado, paga hipoteca y se encarga de su hijo adolescente. Con él va al cine los sábados, cenan en casa y salen a correr juntos la mañana del domingo. Planes de fin de semana que se van al garete ante la llamada de un inspector. Sabe que es un privilegio disfrutar de una pobreza moderada, garantizada por todos los impuestos de la ciudadanía en un país con 6,2 millones de parados. Es lector de novelas, lleva siempre su Macbook que se ha pagado de su bolsillo y es capaz de distraerse con música, alguna película y después dormir. El tiempo va pasando por él de forma inmisericorde, está al filo del medio siglo y su conformidad con la vida sería mayor si hubiera encontrado alguna caritativa mujer que lo soportara. Las crueldades a las que se enfrenta lo sobrecogen y siente que el pulso se le detiene. Cree en el tesón y el talento más que en la suerte. Reconoce que en su trabajo no siempre se hacen las cosas con la más pura ortodoxia y siente estupor ante la corrupción de sus compañeros. Agradece que la oscuridad de la noche sirva para ocultar sus lágrimas de viejo caimán. Despierta con jirones de sueño enredados en su mente. Carga con reveses de los que cuentan y mejor no llevar espejo retrovisor sobre su espalda.

¿Con cuál de los dos os quedáis?

26 abril 2013

El día después

Aquí os dejo una triste realidad, que ocurrió en el pueblo de mis abuelos, por la fuerza de la naturaleza y una tala de árboles centenarios que primero hicieron barrera y después.... vino la tragedia.

Georgia O'keeffe
Pasada la tormenta, el mundo se silenció y  llegó la calma, una calma siniestra que la luna de agosto iluminó  reflejándose en la tumba de las aguas.

Las primeras luces del alba empezaron a dibujar formas en la penumbra. Súbitamente, aparecía algo o alguien conocido que encogía el corazón de los vivos, para ser rápidamente engullido y arrastrado. Fatigados y exhaustos, atenazados por el rugir de la hecatombe  y con los gritos que les perseguirían de por vida, rompieron las sombras y en silencio afrontaron los escombros, sin más medios que la fuerza de voluntad de que está dotada la naturaleza humana para sobrevivir. Entre los troncos, los derrumbes y el lodo, se encontraban con la cara de la amargura, la desesperación y la muerte. El arroyo, que se resistía a volver a su cauce, seguía recibiendo a su paso riachuelos que rodaban de forma tortuosa por las calles empinadas. Ese estrepitoso ruido del agua, producto de  su furia tremebunda, era lo único que se oía en aquel valle: los pájaros dejaron de trinar en los árboles, las palomas de arrullarse y se silenciaron las esquilas de los rebaños de ovejas. El  silencio se convirtió en sombras de esperanzas perdidas e ilusiones muertas.

Entumecidos por la humedad y el frío de la noche, los miembros que quedaban de la familia fueron bajando del tejado para encontrarse con la ciénaga en la que se había convertido la parte baja de su casa.  Con la luz pálida del amanecer todo ofrecía un aspecto lúgubre. Las goteras chorreaban y se filtraban por doquier. En la bodega, el excelente vino se había echado a perder y en la despensa, los alimentos almacenados flotaban entre cadáveres de ratas y cucarachas. Los olores eran nauseabundos. En las cuadras, el recio alazán del abuelo los miraba con la boca abierta del último relincho que lo ahorcó con su propia correa y en los corrales: gallinas, patos, conejos y cerdos bailaban en el agua de manera grotesca.

Lentamente el sol fue acercándose a aquel pueblo abandonado a su suerte, para mostrar que no había aves en el corral, ni cerdos gruñendo en la porquería, ni trigo en las eras. Los niños lloraban en silencio, seguía el calendario para las mujeres preñadas y todos supieron lo que era la necesidad y el hambre.

21 abril 2013

En el patio de vecinos

Los Relojes Blandos de Dalí
He parado el reloj
Son las siete menos cinco
Las siete menos cinco
Detenidas, congeladas
Un minuto, una eternidad.

Un piso por debajo
Su eco sigue sonando
Las horas, las medias, los cuartos...

Eso es lo que ha escrito mi dueña, pero si  pudiera escribir mi historia os diría que me trajeron de Suiza. Soy pequeño y cantarín, mi casa es de madera de caoba y fue trabajada por un famoso ebanista, su nombre luce en letras negras en mi esfera. Mi dueña me desembaló con mucho cuidado y me colocó  en una columna al lado del luminoso mirador, el sitio ideal, manifestó, porque así presidía todo el salón. “Esta vez te has pasado”, le dijo con una radiante sonrisa a  mi comprador. Así comenzó mi eterna andadura con una exactitud propia de mi condición suiza. El golpeo de mi maquinaria es sutil y armonioso. Hipnotizados se quedan todos mirándome al escuchar mis embaucadores trinos con los que doy salida a los latidos de mi corazón. La que más, mi dueña; hay que notar la suavidad de sus dedos cuando me acaricia, aunque ella dice que me está quitando el polvo.

Cuando entreabrió la puerta cuyo timbre no paraba de sonar, la vecina cotilla del bajo se coló hasta el salón .

—Pero ¿qué pasa? Te veo muy nerviosa.
—¡Verás! Es que como no viniste a la reunión de vecinos, pues hablé yo por ti y bla, bla, bla,…

El efecto cascada de su voz en los oídos me dejaba imperturbable, pero no me pasaron desapercibidas sus miradas envidiosas y sus ojeadas asesinas.

Pronto, el sonido carraspeño de un impostor se hizo notar por todo el edificio, acompañado de un carillón que marcaba la melodía “ave, ave, ave María…” a los cuartos, las medias y las enteras. Con su peso y envergadura, no pudo seguirme y pasó a hacerme el eco retrasándose unos minutos cada día; lo que convirtió el edificio en una torre de babel: día y noche se oían campanadas, pero nunca sabían qué hora era. Esta situación desató la alarma de dimes y diretes por todo el vecindario.

Otro vecino llamó a la puerta, quedo y silencioso habló con mi dueña. No pillé ni una sola palabra, pero en cuanto cerró la puerta, ella  se acercó a mí y me asfixió.

Mi eco sigue sonando con su desbarajuste  enloquecido.

10 abril 2013

Quien ríe el último, ríe mejor.

La guerra de las bacterias
"En el día de hoy, cautivo y desarmado..."
La batalla ha sido una confrontación sin igual, hemos luchado cuerpo a cuerpo, al final hemos sido vencidos y el pequeño ejército familiar ha quedado destrozado.

Cuando nos llegó la primera avanzadilla, la obligamos a retirarse con cajas destempladas, aquí no tenía cabida y la derrotamos con contundencia. Entre los virus se extendió la alarma, nos habíamos atrevido a ridiculizar a sus hermanos y la respuesta no se hizo esperar: todos los virus del mundo se aliaron para demostrar que quien ríe el último ríe mejor. Empezó la venganza. Negociaron con las bacterias el prepararles el terreno y una vez que lo tuvieran,  para ellas sería coser y cantar. Parece que algún virus se quedó dentro de nuestra casa en estado latente y cuando llegó el gran cuerpo de batalla, le abrió la puerta a traición, como en Troya. Se coló un ejército formado por millones de elementos todos muy bien equipados, que nos dejó muy tocados, pero no hundidos. La invasión se produjo por el flanco más débil —la pequeña de la familia—, demostrando que son grandes estrategas y saben golpear al adversario allá donde más le duele. En el fragor de la batalla, un nuevo traidor inesperado hizo coalición con el enemigo: el tiempo. En Vitoria cayeron las temperaturas y, cuando nos creíamos envueltos en una preciosa primavera, amanecimos cubiertos con una capa de nieve de 15 cm. Los virus se quedaron al calor del hogar y siguieron engordando a nuestra costa. Como en la Invencible, aquí también, el tiempo jugaba en campo contrario.

Aprovechándose de la situación, llegó el ejército bacteriano que nos arrasó. Las bacterias entraron a tropel y empezaron a celebrar su orgía. Astutas ellas, conocen las armas de destrucción masiva con las que contamos: los antibióticos, y nos hacen cuchufletas.

25 marzo 2013

¿De qué color se viste la añoranza?

El peine de los vientos
Añoro llegar a tu casa y que estés. Entrar y verte en chándal sentado en el sofá, con la tele puesta, pero parece que no la sigues; estás con el periódico o leyendo un libro. ¡Cómo te gustaba leer! Todo era prescindible cuando llegaba yo, como si lo más importante en ese momento fuera mi llegada, te dedicabas a mí por entero. Añoro no poder contarte que ha habido inundaciones en  Astigarraga y que he visto por la tele tu antigua casa; bueno, esto seguramente me lo contarías tú. Cuando paso por delante de tu casa, siempre se me van los ojos hacia el balcón en el que tú no estás, pero inconscientemente —porque soy una inconsciente—  pienso, estará escribiendo alguno de sus poemas, cuando nos encontremos seguro que me lo lee.

Me gustaría decirte que el mundo sigue girando y con él nuestras vidas. Me gustaría decirte que se ha quedado un día espléndido con un cielo azul y una brisa fresca que trae olores de primavera. La primavera, que ha sellado un pacto contigo y a partir de ahora, siempre caminaréis juntos. Me gustaría decirte que la máscara del yo exterior está funcionando y yo diría que bastante bien. Otra cosa son esas ranuras imposibles de tapar por las que afloran los sentimientos cuando menos te lo esperas. Hay un antes y un después desde tu partida y tenemos que aprender a vivir sin guía de instrucciones. 

Tuviste el coraje de despedirte con un "no lloréis por mí". No hubo lágrimas, solo una actividad frenética y fría que llegó a congelarme. Tú que amabas la vida, te viste obligado a dejar tu proyecto a medias: renunciar a los tuyos, a tus sueños e ilusiones, a tus ganas de vivir, a tu afán por saber, a tus libros sin leer, a las relaciones con los amigos, a tu simpatía y tu entusiasmo. ¡Cuánto quedó interrumpido! Tus libros, tus gafas, el sofá,… todos los objetos que hablaban de ti, de repente, se quedaron mudos e inservibles, su existencia ya no tiene sentido. Tal vez lloren hacia dentro la ausencia de su dueño, como yo, que  no quise, no pude o simplemente no supe despedirme de ti. Te fuiste y a mí me selló el silencio con la huella de tu recuerdo, sin una lágrima, pero incapaz de rasgar esa maraña que me impide hablar contigo como lo hacíamos siempre. 

¡Dios! ¡Qué poema me habrías escrito tú de haber sido yo la que me hubiera marchado!
(Me voy de vacaciones, me tomo un merecido descanso. Os dejo un variado surtido de lo que más gustéis: besos, abrazos, saludos, carantoñas y cantidad de buenos deseos. Muchas gracias por estar ahí. Sois los mejores)

21 marzo 2013

Un viaje sin retorno


Cuando la cosecha acaba se va el sudor, pero se instala un dolor en el alma que corta el aliento. Él sabe muy bien que las cuentas no cuadran y que ni la semilla fiada se va a poder pagar. Empeñar ¿qué? Si viste botas agujereadas, pantalones raídos de pana, camisa sin relevo y boina castellana; todo ello uniformado con el color de su piel, color de la tierra agrietada y seca.

Tumbos dio el abuelo trabajando en todo lo que encontraba. Logró que sus hijos fueran a la universidad.  Hoy, el nieto emprende el mismo viaje que él hizo hace tantos años. Con el rostro ensombrecido, mirando a su nieto con perplejidad infinita, por fin, se atreve a preguntar:

— ¿Se te olvida algo?

Y los dos se funden en un abrazo en el que ocultan sus ojos humedecidos.

(Con este microrrelato participo en la Primavera de Microrrelatos Indignados)

16 marzo 2013

curiosón: Ocurrió en el año 1898


Hoy me encontraréis en:
FFroi, que es el autor de este gran  blog, ha tenido el detalle de convidarme como “Curiosón Invitado” y así formar parte de un grupo de blogueros entusiastas con este medio.
Me parece sorprendente y muy estimulante que un buen día alguien al que sigues por su trabajo en investigación y publicaciones, pero para el que eres una total desconocida, te reserve un espacio en su blog para una de tus publicaciones. La idea de compartir la afición que nos une por la escritura a través de este espacio virtual que es el blog, me parece apasionante; por eso, agradezco a FFroi la publicación de curiosón: Ocurrió en el año 1898  y a los que no lo conocéis os animo a pasar por su blog porque os va a gustar.

Saludos desde Vitoria.

Para los que queráis leerlo desde aquí:

07 marzo 2013

El precio de ser mujer —8 de marzo—

Noemí Penela García
A veces, en breves destellos, logro pintar con mis piruetas aires que me gustaría respirar y cielos por los que me gustaría volar. El miedo al monstruo se impone olvidando los sueños imposibles. Es tan hábil en el  manejo de mis hilos que nadie puede ni siquiera intuir mi desgracia. No soy más que una marioneta en las manos de un desaprensivo cegado por lucirse y medrar a mi costa. 

Un día no puedo aguantar más tanta vejación y oigo un chasquido en mi interior como el de un objeto de madera que se astilla de forma brutal. Mi cara se queda con una expresión desencajada, mis piernas se doblan y todo mi ser no es más que un ovillo. Enfurecido me grita: “te has vuelto torpe e inexperta, en adelante no serás más que un despojo de marioneta rota”. Coge unas tijeras con las que corta todos los hilos de mi destino y me arroja con  furia al fondo del exiguo cajón. 

¡Este habitáculo sí que conoce bien mis desdichas! Un temblor frío  aumenta mi soledad. Sin mis alas insuflándome alma nunca más volveré a sentirme viva. Esta será mi peor condena. Trago saliva y parpadeo repetidas veces intentando frenar el torrente de lágrimas que al final se desliza a borbotones por mi rostro. La visión se me empaña y me impide distinguir claramente esa sombra que se me aproxima, pero oigo una voz queda diciéndome: 

“Yo te vengaré. Cree que es él el que marca mis pasos manejando mis hilos y yo le dejo que se lo crea, no es consciente que hace tiempo soy yo la que desde mi apariencia de marioneta débil e insegura maneja sus hilos, le marco el compás y le obligo  a moverse al ritmo que a mí se me antoja. Su destino está en mis manos”.

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