Es otoño, la mañana soleada se torna en una tarde gélida. El día se oscurece y los cielos se abren en una lluvia torrencial. Los del funeral salen de la iglesia camino del cementerio afrontando como pueden la tormenta de agua y viento. 

Llueve sin misericordia sobre los que ascienden la empinada cuesta. Un lodo acuoso cubre el escarpado sendero y la fila de coches, que con los faros encendidos intenta penetrar el temporal, patina en el barro sin poder avanzar. El vendaval sacude con fuerza los pocos paraguas abiertos que terminan como mástiles quebrados ante una lucha desigual. Algunas personas, caladas hasta los huesos, optan  por darse la vuelta. La comitiva formada por los más fieles al difunto suben en silencio rumiando su pesadumbre interior con el disgusto de verse empapados y con barro hasta los tobillos. La lluvia arrecia cuando el conductor de la funeraria logra pararla ante la puerta del camposanto. Los cuatro hijos vivos del difunto cargan sobre sus hombros el féretro y resbalando en el barro afrontan con coraje el diluvio que les emborrona la visión, hasta lograr depositar el ataúd en el encharcado panteón familiar. La violencia del agua no respeta ni al anciano sacerdote que aguanta estoico recitando de memoria las oraciones ante la imposibilidad de leer el libro sagrado convertido en un puñado de papel mojado. Los ramos de múltiples flores y las vistosas coronas lucen su minuto de gloria y esparcen ese aroma inconfundible de las floristerías para terminar doblegándose ante la furia del temporal. 

Acabadas las exequias, la comitiva se dispone a bajar al pueblo rápidamente, pero el nausebundo olor que les llega junto con el estruendo de arrastre de agua, ruidos de derrumbe y gritos que se confunden,  les fija junto a la tapia del cementerio como almas en pena.Todo un pueblo engullido por un improvisado embalse les acerca la tragedia. La muerte había cambiado de lugar.