Empire State
Está anocheciendo. Pronto vendrán a buscarnos. Desde que se llevaron a tu hermano un silencio de tragedia lo envuelve todo. ¡Si hubiera tenido tiempo para hacer las cosas como él quería! Esta mañana lo dijo, "No te preocupes, esto lo arreglo yo" Claro, después del susto que se llevó al verme contigo, porque él es adulto y los mayores son muy raros y siempre ven problemas en todo. Solo tú eres diferente. Ahora él no hablará, te quiere demasiado y tú estás a mi lado cuando lo que deseas es ir a buscarlo, pero sabes que no puedes salir, nunca lo has hecho... Sin él estás perdido. No llores… me haces llorar también a mi. Se oye la jauría de perros y el trotar de caballos. Esta vez no servirá la oquedad de la vieja sequoia para escondernos. No te asustes, no te golpees la cabeza de esa forma. Mira, estás sangrando… Ya se acercan. Gritos e insultos acompañan los golpes sobre la puerta... Esa mirada de terror..., esa angustia… 

Laia, la primera vez que se subió a una bici, empezó a pedalear manteniendo el equilibrio para no caerse sin ningún tipo de ayuda. Engatusaba a los gatos para quemarlos los bigotes, los perros huían de ella y terminó por aparentar que le eran indiferentes. No tenía miedo a las alturas a pesar de los golpetazos que se había dado en sus vuelos sin red. En la oscuridad mantenía los ojos bien abiertos y los oídos atentos al menor ruido. 

Una noche, en compañía de su amigo, se dirigió a la casona que por su estado desvencijado parecía estar abandonada. La circundaba un jardín invadido por la maleza y  los árboles eran tan altos que la esombrecían y ocultaban. Las arpías de la vecindad decían que vivían en ella dos hermanos, uno de ellos estaba loco, por lo que el otro lo tenía encadenado. Con sigilo la rodearon y en la zona de la alambrada por la ruina del muro, decidieron meterse por debajo. Al amigo le pareció peligrosa la aventura y corriendo, muerto de miedo, se volvió a su casa. La testaruda Laia optó por seguir sola.

Al acercarse a la única ventana iluminada por una vela, por un breve instante se sobresaltó ante aquellos ojos saltones fijos en ella. La persona desgreñada y zarrapastrosa, grande como un gigante, sonreía babeando dejando entrever la dentadura mellada y sucia. Como si la conociera y la estuviera esperando, con movimientos torpes sacó su manaza por la ventana y cogiendo a Laia con sumo cuidado, la incorporó a su estancia.