Hay palabras contundentes como noray que hostigadas por los vientos saben a óxido y huelen a mar, y hay palabras dotadas de gran fragilidad como felicidad que cual pompas de jabón todos queremos atrapar. Hay palabras irresistibles como cereza cuando el crujido de su carnosidad estalla en nuestra boca inundándola con su jugo, y hay palabras que nacen  en Vitoria como naipe y recorren mundos elegantes y adinerados, pero también pasan por las manos de los indigentes que jugando  matan las tediosas horas  de su vida.

Y... hay palabras a las que no eliges sino que son ellas las que te eligen a ti una tarde que decides quedarte en casa porque llueve. Está ante tus ojos y la lees una y otra vez: jacarandá. Es un flechazo a primera vista. Sin conocer su significado ya dices: me la quedo. En un primer momento engatusa con su sonoridad y enamora con su ritmo. Después, su tronco fortalecido con constancia y voluntad, su vistosa frondosidad y el atractivo que encierra, hacen que te olvides de todas las demás. 

Su sonido permanece en suspensión como esa fragancia dulce que emana de sus flores en primavera. Me gusta la graciosa cadeneta que forman sus aes, con la jota empezando a ritmo de baile y la tilde en la última marcando el paso. Me divierte la jácara que trasciende de sus ramas agitadas como músicas errantes en los labios del viento. Y me seduce esa jarana que tiñe el crepúsculo de azul formando una alfombra de pétalos refugio de enamorados.