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Maldita Primavera

Paseaba por el parque de Salburua cuando: ¡Aaach…aaatchú! Me encojo. Tiemblo. Ya está aquí. ¿Dónde me meto? ¡Sálvese quien pueda! Que se vista de sombras el día, que oculte esta radiante apariencia con la que se disfraza la peligrosa Primavera. Aparece luciendo sonrisa como una diosa. El cielo cobarde le regala su manto azul en vez de lanzarle una batería de rayos y truenos. El parque servil le extiende su alfombra florida sobre la que se contonea una pareja de cigüeñas de alto tacón y juguetean las urracas con su vestido negro sobre blanco. ¡Quién pudiera! El murmullo del agua del río Santo Tomás le canta la más bella canción mientras en el humedal, una protectora mamá pata enseña a nadar a sus once patitos. Las ramas desnudas de fresnos, arces, espinos y chopos se visten de tiros largos para que, entre sus hojas, una orquesta sinfónica de trinos le haga el gran recibimiento. Hasta los grillos… ¡Qué locos por hacerse oír! Y ella, ¿cómo responde? Inocula polen por aquí y por allá

Mujer alunarada, mujer afortunada

Paré el coche para comprar unas jugosas cerezas que a un lado de la carretera vendía una señora ataviada con faltriquera. Por delante de mí un joven le pidió medio Kilo. La vendedora puso un puñado en la romana oxidada con una mano regordeta de uñas negras. Después de ver trastabillar el brazo en forma de regleta, con la parsimonia que le caracterizaba, dijo: Cereza más, cereza menos… Usted también quiere medio, ¿no? Ante mi asentimiento siguió añadiendo y comentó: Les pongo un kilo y ya luego entre ustedes se lo reparten. ¡No me lo podía creer! Estaba a punto de protestar cuando una mirada cautivadora me descolocó. —Podemos quedar en el bar de al lado para hacer el reparto. —Vale —le contesté con mi mejor sonrisa que ya bailaba al ritmo de la suya. Hoy me ha llamado porque necesita verme y mi corazón se ha disparado en cuanto he oído su voz. Este tiempo de espera mirando el reloj aumenta mi nerviosismo. Me entusiasma la idea de que pueda haberse fijado en mí. Repaso mentalmente l

Aquel lúcido recuerdo de un gélido diciembre

Tras las huellas de mi infancia llego a un pequeño pueblo de luz radiante que no soporta la mirada y se tiene que refugiar en los adustos soportales en sombra. Sus campos proyectan un matiz dorado salpicado del rojo amapola. Juego con Josu, mi hermano mayor. Siempre me quita las cosas. Pronto se cansa y las abandona, muchas veces rotas. En esos momentos me enfado con él. Zalamero me hace carantoñas y no para hasta que me río y lo abrazo. En invierno el manto de nieve silencioso lo uniforma todo a ratos, y otros, con pisadas misteriosas de seres invisibles que excitan mi imaginación. Unas huellas, que parecen puntas de estrella, me llevan hasta la base de un chopo cercano. Son de un gorrión común. Tiembla de frío, tal vez de miedo al verme. Me acerco despacio. Está tan débil que se deja coger. Siento en el hueco de mis manos el palpitar desorbitado de su corazón. Acaricio la suavidad de su plumaje. Le preparo una caja de zapatos con un vasito de agua y unas migas de pan en una taza. L

Sin coraza - Autorretrato

La noche está en calma. Ciertos ruidos aislados se han ido silenciando. A la luz de la lámpara te dispones a escribir una imagen de ti misma. Tus manos se encogen sobre el teclado ante la pantalla en blanco del ordenador. ¡Qué compleja tarea la de resumirte en 600 palabras! Dudas. Quizá no seas tú la persona reflejada con tu independencia y rebeldía. Quizá no queden perfilados la variedad de paisajes que surcan tu alma. Ya se sabe que los que escribís os hacéis trampas. Lo intentas con ilusión. Cierras los ojos y te miras hacia dentro. Te intuyes, te sabes en los mil y un aspectos que confirman tu personalidad. ¿Pero cómo hilarlos para que formen un todo? ¿Cómo tejer un texto que refleje algo del brillo y la calidez humana que te guía? Es muy difícil atrapar la vida entre los vocablos de un escrito. Confías en el lector que sabio leerá entre líneas lo que quieres decir si la imagen te sale borrosa. Eres un despertar de sobresalto con la alarma del móvil. El caminar zombi frotánd

Y la vida sigue

Han tenido que pasar unos años para que se me deshiciese el nudo que me presionaba por dentro y poder escribir lo que pasó aquella aciaga noche.  Hacía unos días que se había celebrado la fiesta de la primavera. Las noches se acortaban y los días eran luminosos y floridos. Pero algo ocurrió la noche del 25 de marzo que rompió esa tendencia natural y se hizo larga, muy larga. Yo no dormía. Estaba contigo en la habitación 407 del hospital de Txagorritxu. A veces te movías inquieto y te preguntaba: ¿Tienes dolores? Y tú lo negabas. La tenue luz de emergencia recortaba con precisión tu espacio: la cama que te acogía y el gotero que te alimentaba; el resto de la habitación adquiría una tonalidad de penumbra donde los elementos, entre ellos el sillón en el que me encontraba, parecíamos testigos maniatados por el miedo esperando la llegada de algo cuyo nombre éramos incapaces de pronunciar. Te quedaste con los ojos cerrados y la mano del gotero sobre la sábana como un barquito varado. Yo oía