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Entradas

El afinador de pianos -microrrelato-

La tienda de pianos estaba enfrente de nuestra casa y por extraño que parezca era uno de los lugares más silenciosos del barrio. La campanilla de la puerta sonó cuando entramos mi madre y yo. El dueño, señor Carrión, con su sempiterno guardapolvo negro sin abotonar a causa de su obesidad, se apresuró a dejar unas partituras y levantó la mirada para fijar sus ojos en nosotras por encima de las gafas. De toda la vida vecinos, nunca habíamos entrado en contacto hasta ese día que mi madre le alquiló mi primer piano. Y salí convertida en empleada por horas. El señor Carrión necesitaba una chica y yo dinero para mis gastos. El negocio podía ir mucho mejor, pero no hacía nada para modernizarlo. Una cortina corrida separaba en dos el espacio: en un lado, el mostrador y el rincón donde exhibía algún piano; y en el otro, el desordenado almacén con una escalera que subía a la vivienda. Pronto entendí por qué me había contratado: padecía temblores en las manos y poco a poco ocupé su lugar com...

Día de la madre

Anoche me preguntaste: «¿Qué es la felicidad, mamá?» Con esa pregunta avivaste en mí recuerdos imposibles de olvidar. Mira, hija, también yo fui adolescente un día y también, como tú, lo cuestionaba todo. ¿Cómo encontrar la felicidad en un mundo tan injusto? A pesar de todo la perseguía, pero como una mariposa difícil de atrapar se posaba en algún lugar inalcanzable para mí. Por eso ahora te insisto tanto que la felicidad no es una meta, que es una opción de vida, una manera de andar por el mundo que nos ayuda a dar sentido a lo que nos ocurre y a disfrutar de las pequeñas cosas. Solo a veces experimentamos lo que es tocar la felicidad con los dedos y para mí, el primer encuentro contigo fue uno de esos momentos mágicos. Nunca olvidaré el instante en el que te vi, más bien, en el que oí tu corazón por primera vez. Tenías tan solo cinco semanas. Eras tan diminuta que parecía imposible verte con los ojos, pero ahí estaba latiendo rapidísimo, una luz enérgica que parpadeaba en el centr...

Mi pueblo

Siempre decía que mi pueblo sintonizaba con mi presencia. Que cada vez que venía, el viento me acogía con un cálido abrazo y me contaba todas las historias que habían ocurrido en mi ausencia. Defendía que las ciudades cambiaban, pero que los pueblos permanecían. La verdad era que la imagen que durante tanto tiempo había guardado en mi memoria del lugar que me había visto nacer, no coincidía con la que me encontraba cada vez que lo visitaba. Algo me sobraba por aquí o me faltaba por allá. Imposible acoplar las líneas que conformaban el pueblo de mis recuerdos con el que tenía delante. Era, sí, pero… ¡Cuánto había cambiado! ¿Y yo? Apenas un niño cuando me fui. Acaso no había oído a mi paso murmullos preguntando: ¿Y ese quién es? Temía tanto convertirme en un proscrito y no ser de aquí ni del lugar al que mi familia había emigrado hacía ya tantos años... Hoy los contornos coinciden perfectamente, se ensamblan tan bien que no puedo menos que sonreír al contemplarlo. Celebro el encuentro c...

Su vida con un perro fue más feliz

Solo el conticinio aplacó el nerviosismo de las niñas envolviéndolas en un apacible descanso. El abuelo, defensor recalcitrante de los perros abandonados, nos había convencido y al día siguiente teníamos la cita para realizar la adopción. Con el fulgor de un sol calcinante , salimos hacia el centro de acogida en la gandola sin remolque. Pronto empezamos a cantar: “Una sardina , dos sardinas…” Ya lo habíamos visto en la visita anterior: "Un cachorro mezcla de Golden con hermoso pelaje dorado que despedía destellos flamígeros ". Cuando llegamos estaba solo, una bolita peluda, un tanto triste, en un montón de  arena dentro de su espacio vallado. Levantó la cabeza al vernos. El abuelo, se acercó y le habló con cariño. Se lo fue ganando poco a poco. Al principio temblaba; pero pronto, una luz radiante iluminó sus ojos y empezó a dar saltos de alegría como si entendiera que habíamos ido a buscarlo. Nos contagió la risa.  De una pequeña maleta que llevaba sacó un pein...

Gabriel

Me gusta tu mirada picarona, las sonrisas que siembras De “pescaítos” de colores el mundo que sueñas Donde no hay pérfidas madrastras de niñas buenas Me gusta escuchar tu voz, participar de tu contento El roce de tu mano, tus abrazos en mis sueños El fragor de tus luminosas alas alzando el vuelo Me gusta tu bufanda azul, dormir en tu almohada Saberte libre en el océano, sin pozos ni cavernas En el ruido de la caracola, camuflado tras la palmera Me gusta perderme en tu sur de Las Negras Dialogar en silencio, pintar tu nombre en la arena Gritarlo al viento y sentirte muy cerca. Me gusta cuando me miras con tu candor e inocencia En un mar de girasoles la más brillante estrella Aprender a andar de nuevo porque tengo tu fuerza