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Día de la madre

El lugar que amamos, ese es nuestro hogar, un hogar que nuestros pies pueden abandonar, pero no nuestros corazones.  (Oliver Wendell Homes)

La memoria del amor 
Encuentra tu rostro familiar 
Cercano y luminoso 
Aviva nuestros corazones
Nostálgicos 

 Esa noche nos quedamos ahí sentadas. El fuego se fue haciendo más débil, aunque aún notábamos el calor de la estufa. El reloj de pared hacía tic tac y una lechuza llamó a otra lechuza. 

 —Tienes que irte a la cama —me dijo, inclinada sobre la Sínger que, intermitentemente, irrumpía en el silencio. —Yo me quedo a terminar esto. —Y me mostró el nuevo vestido que me estaba haciendo. 

 En la habitación no podía apartar la vista de la niña que me miraba tras el cristal de la ventana sin persiana. El cabello corto con flequillo le ocultaba el rostro, mientras que las trenzas lo despejaban. Se las habían cortado para que pudiese peinarse sola. Ella me contemplaba fijamente para que viera en su mirada la confianza que a mí me faltaba. Luego, sin dejar de observarme, sus ojos se estrecharon y me sonrió.

 A la mañana siguiente, me levanté temprano, bajé las escaleras descalza, con el camisón corto y el pelo alborotado. Fui a la cocina donde madre atizaba las ascuas de la chimenea. Todo el espacio se iluminaba con el fuego que chisporroteaba. Sentada en el taburete, junto a la pequeña mesa cubierta con un hule adosada a la pared, me quedé quieta y silenciosa como lo estaba el gato en el hogar. Ella no paraba de trajinar; puso ante mí las tostadas de pan frito y la taza de chocolate humeante. No sé muy bien la razón, porque yo era muy charlatana; tal vez para calmar mi inquietud, decidí no hablar. Decían que me había comido la lengua el gato; lo que yo quería era que el tiempo se parase. Padre cogió la maleta donde ella había guardado todas las cosas que pedían en la lista del internado: faldas, camisetas, calcetines y chaquetas; todo marcado con el número correspondiente, y la metió en la parte de atrás del coche. 

 Al salir de casa, la brisa soleada de un día de finales de verano peleaba con el otoño por venir a invadirle su tiempo. Los gorriones cantaban y volaban por encima de los plataneros. Había hojas secas en la hierba del jardín que el viento zarandeaba de un lugar a otro; otras de un verde intenso permanecían en los árboles. El tiempo no era igual para todas; y yo, tristemente, me identificaba con las primeras. Sentada tensa en el asiento del copiloto, sin relajar la espalda, no dejaba de mirar la casa a través de la ventanilla, como si nunca más la volviera a ver. Oí el ruido del motor, sentí el movimiento al ponerse en marcha y giré la cabeza para ver a madre en la puerta con la mano levantada; aguanté en esa postura hasta que padre dijo: «Mira adelante, así te vas a marear». Entonces el tiempo empezó a correr y a tragarse la carretera ante nosotros. 

Comentarios

  1. Recuerdo con un nudo en la garganta esos momentos que tan bien describes. Nunca me gustó la vuelta al cole, después de unas generosas vacaciones de verano, a pesar de ir a reencontrarme con los compañeros del colegio. Mi consuelo erais vosotros, los internos. Ir a dormir a casa todos los días era un lujo impagable.
    Un abrazo.

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    1. ¡Qué suerte, todos los días a casa! Ya ves, sobrevivimos y hoy, visto desde la distancia, creo que no nos fue tan mal. Ja ja, ja.
      Un abrazo.

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  2. Pilar, esa memoria del amor, ha encontrado ese rostro familiar...que echa de menos tu corazón nostálgico...Un hermoso relato-homenaje recordando aquellos días, en que la autora ha de abandonar el hogar para irse al internado...Esa madre sufrida y generosa, que prepara el hogar y cose el vestido hasta altas horas de la madrugada, entregada totalmente a llos suyos...
    Me emocionó tu relato, Pilar...También yo parti a Salamanca y mi madre sufrió mi marcha...En realidad nunca nos fuimos del hogar...y ellas aunque ya no estén, también siguen cerca de nosotros desde el cielo...Muy bello e inspirador, amiga escritora.
    Mi abrazo entrañable y feliz mes de mayo, Pilar.

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    1. Claro que siguen cerca, Mª Jesús. De otra manera, pero cerca. Nunca nos sueltan de su mano.
      Un abrazo.

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  3. Esa hora que se quiere parar, para no llegar al momento del abandono, de la calidez materna.

    Besos.

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    1. Sí, Alfred, una despedida que se te queda grabada para siempre. Antes o después hay que alzar el vuelo de la vida, pero ellas, las madres, siempre están ahí.
      Besos.

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  4. Y todo se oscureció un poco, porque todas las separaciones nos van matando y porque son un preámbulo decla última.
    Buen texto
    Saludos

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    1. En ese momento lo ves así; hoy, desde la distancia, comprendes que fue lo mejor que te pudo pasar en aquellos momentos. Experiencias de vida que te llevan a la persona que eres hoy.
      Saludos, Doctor.

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  5. Te dejo un abrazo muy grande. Espero que te encuentres muy bien.

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    1. Gracias, Sara. Ahora todo va muy bien. Un abrazo.

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  6. Recuerdo que cada verano me iba al campamento. Un mes entero. Lejos de mi mamá y de su regazo. La sensación era como si no nos volviéramos a ver nunca. Aquel momento estaba dividido en dos escenarios: los niños gritando y riéndose en el autobús y los padres dando los últimos consejos y, de vez en cuando, quitando una que otra lágrima. Yo era de los que estaban pegados a la ventanilla del bus sin atreverse a llorar a moco tendido. Las primeras veces eran difíciles, aunque sabíamos que en cuatro semanas volveríamos a nuestras vidas. No quiero ni imaginar lo que siente una niña que se va a un internado para varios meses o un año. La palabra "tristeza" no llegaría siquiera a acercarse a lo que siente una niña sola con un camino por delante.
    Muchas gracias por su recuerdo.
    Al final, ha despertado los míos.
    Saludos desde Gijón.
    Un abrazo.

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    1. Gracias, por tus recuerdos. Las vivencias de la infancia regresan y nos emocionan al vernos tan frágiles. Sentimos ternura por esa niña que fuimos y que sigue dentro de nosotras. También admiración por la valentía para afrontar esa situación, sintiéndonos tan solas. Ves, tú ni siquiera lloraste, yo tampoco. Pasos de gigante hacia la madurez como personas.
      Un abrazo.

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