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Los tentáculos de la corrupción

El niño que jugaba con un balón en el patio del colegio soñaba con ser deportista de élite y se esforzaba sacrificando el tiempo de los recreos para conseguir su objetivo. A cambio, la vida le dio prestigio como deportista y empezó a mirar de frente a los que estaban en la cima de la escala social. Se casó con una princesa de las de verdad, tuvo hijos guapos y todos juntos vivían en un inmenso palacio de cristal. Y colorín, colorado. ¡No!, no se ha acabado. En el palacio había una puerta giratoria que llevaba por un pasadizo secreto a la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones y allí entró a participar del reparto de todo lo robado, simplemente por su cara bonita y por posar los veranos en Marivent. Es verdad que al principio sintió un cierto olor a podrido en aquella cueva, pero su fina pituitaria se fue acostumbrando, al fin y al cabo actuar al margen de la ley no era tan complicado y le ofrecía todas las satisfacciones que un hombre como él podía soñar. ¡Qué papanatas los que

Bajo las alfombras del Congreso

Mi plan de vida era seguir el consejo de mi abuela, una matrona gordezuela que siempre me decía: “Mejor que aquí en ningún sitio, mi niña”. Lo suyo eran las alfombras del Congreso y esa fue mi escuela. “Tendrás que aprender de tus experiencias y elegir lo que te haga feliz. Esa ha sido mi trayectoria y así he conseguido la PAZ: de vida, de mente y de espíritu”. Tenía razón, si había un lugar con el aire rancio, el olor a abrillantamiento de madera y la transpiración humana que tanto nos deleitaba, era este; pero… ¡Ay si mi abuela levantara la cabeza! Se abren las puertas del Congreso de una manera tan brusca que una corriente fría me encrespa los segmentos ¡Qué jauría tan variopinta! Empiezan a confirmarse mis peores pensamientos. ̶ Ya están aquí, ­̶ anuncio a los míos ̶ rápido, actuad como el gran ejército que somos con nuestra afilada uña de garfio, sus ojos son demasiado simples para vernos. Dejad que entre ellos se peleen, pero que no toquen ni a uno de los nuestros. Las f

El prestidigitador

Con más años vividos que los que le quedaban por vivir, los misterios se le desvelaron . Al principio, Nerea no entendía nada. ¿Qué hacía ella en el camerino del gran ilusionista Cardini en el Madison Square Garden? ¿Y las joyas? Lo del viaje a Nueva York fue cosa de su hijo Aitor. ¡Cómo se arrepentía! Fijó su vista en la puerta en ademán de espera. Al verlo entrar, ya sin maquillaje tuvo que ahogar un grito. Llevó las manos a la cabeza como si no pudiera creerlo. Pronto se rehízo y lo asaeteó a preguntas. Él hablaba amontonando las palabras como si temiera ser rechazado. —Al verte sentada en las gradas del pabellón he experimentado tal sacudida que me habría abalanzado para atraparte. En los metros que nos separaban estaban todos los kilómetros recorridos durante estos años. Me pareció que el tiempo daba marcha atrás. Tenía que retenerte. Por eso el truco de hacer desaparecer tus joyas. Aquí están, en mi maletín, como entonces. "Esmeraldas con brillantes", decían los p

Vuelve a casa por Navidad

Vuelve, a casa vuelve por Navidad y los copos de nieve que descienden suavemente le dan la bienvenida. Blacky, el pastor mallorquín, lo recibe con saltos de alegría porque sabe de su pertenencia. La madre emocionada lo abraza y JR cierra los ojos porque siente que la vida tiene ese color que hace realidad los sueños y esa fuerza le da alas para afrontar cualquier reto. Cuando está lejos, muy lejos, a veces a la deriva a veces sin tiempo; hay momentos que le llega la caricia de un viento. Un viento que se cuela más allá de la vega, más allá de los cerros, atraviesa la niebla y pasa inadvertido rozando paisajes, esquivando gente, se convierte en bella mariposa, en cantarín pardal o en hoja de los chopos del soto que le lanza destellos. Él impaciente espera que se interrumpan los días para, por fin, dejarse envolver en esa pérdida de la noción del tiempo que solo le ofrece su pueblo. De la mano de su madre, como un niño, recorre la casa que no es una casa cualquiera, vive y late con

Cuando un monte se quema

El viento sur soplaba esa noche de otoño cuando Carlos me atrajo con mimo, me rozó con sus labios, respiró muy hondo y parecía sentirse encantado. Después, me lanzó por la ventana y caí en la broza al otro lado de la valla del patio. Las hojas crujieron enfadadas, me rechazaban de plano y querían que me largase de allí porque la tragedia se cernía en mi entorno, pero no podía moverme, necesitaba ayuda, me estaba ahogando. Un destello de fuego apareció en las hierbas más cercanas que como yesca se volatilizaron. Un hilo de humo se fue extendiendo, se oyó un chisporroteo y unas llamas amarillas se agitaron, el ramaje seco ardió. La noche estaba como ausente, el inconsciente viento siguió soplando hasta sacar una lengua roja que se elevó en el aire, su calor contagió al monte cercano de encinas. El humo se hizo más negro que la noche entre los árboles centenarios y tapó el cielo estrellado. Las llamas se apoderaron de la espesura, se propagaron con su rugido incontrolable y lo arr