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La caza del jabalí

Al final la curiosidad de aquella niña superó sus miedos y se acercó a la plaza. Tenía apenas seis años, dos largas trenzas, vestido estampado y calcetines cortos. Quería ver con sus propios ojos lo que constituía la gran noticia que como un rayo había irrumpido en la monotonía del discurrir de la vida del pueblo. Encogió su pequeña figura como un gazapo y logró ver entre las piernas de algunos señores, que formaban un corro, al enorme jabalí que habían cazado. Olía a animal salvaje y a caza. 
A medida que iban llegando el corro se abría para hacer hueco a los nuevos. Observaban al animal con gestos sorprendidos, como la prueba de una gran proeza. Después se dirigían con admiración al héroe del día. Este sonreía y reconocía que cualquiera lo hubiera hecho si la suerte le hubiera venido de cara. A juicio de los entendidos era la mayor fiera que se había visto en la zona desde tiempos inmemoriales. La emoción estallaba en medio del silencio. El sol incidía sobre la mancha rojiza en el oscuro pelaje de ásperas cerdas que se extendía por las losas de la plaza e iluminaba la cara de aspecto feroz con la boca abierta sangrante y unos temibles colmillos.
En la plaza se exponían, para la admiración de todos los vecinos, las piezas importantes de caza: jabalíes, zorros y lobos salvajes que vivían en el monte del pueblo. Cuando los inviernos venían muy fríos constituían el temor de todo el vecindario. Parapetados en la oscuridad de la noche, con astucia y sigilo, bajaban al pueblo y los destrozos eran considerables: los corrales de gallinas asaltados, los rebaños de ovejas despedazados, los maizales pateados y tronchados y los perros más valientes eran desgarrados entre sus fauces. A los gatos se les erizaba el pelo y los caballos inquietos pateaban en las cuadras. Maldiciendo su mala suerte los hombres preparaban una batida.
La plaza se convertía en un santuario. Sentían admiración por el que había conseguido la proeza, pero también por la fuerza bruta del animal y su instinto de supervivencia que tantas veces les había puesto en jaque y había esquivado sus trampas.
La niña abrió los ojos asustada. Los pequeños ojos inyectados en sangre, la boca abierta y los colmillos retorcidos como queriendo atrapar una baba sanguinolenta, le atemorizaron tanto que no paró de correr hasta llegar de nuevo a su casa y esconderse debajo de la cama.
© María Pilar

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