Ir al contenido principal

Una noche en tu vida

Imagen de El Tintero de Oro

Nunca te lo he contado. Tratándose de Ray te va a resultar marciano. 

Yo tenía veinte, él pasaba los sesenta. Nos conocimos en el verano de 1981 en un curso de Literatura fantástica que daba en El Escorial. Por la noche, todo el mundo lo buscaba. Bradbury, un soñador de mirada lírica, se había zafado de algunos pesados y caminaba en dirección opuesta a la mía. Tuvimos que esquivarnos. Estallé en una carcajada. Lo de él fue una risa franca que le quitó años de encima. Nerviosa, hice el gesto de recolocarme la larga melena , él se envolvió el dedo índice en su corbata. 

 —¿Por qué no haces algo para sacarme de aquí? —me susurró con la inocencia de un niño que se divertía en un juego maravilloso. 
 —¿Yo? —pregunté sorprendida. —Para ir donde estoy pensando tienes que vestir de sport. Con una visera taparás tu pelo cano. 

Con su aspecto amable, me cogió del codo, disimulé que no me daba cuenta y subimos a nuestras respectivas habitaciones. Se suponía que a cambiarnos de ropa para salir.

Al momento, tocó en mi puerta. Abrí. Me miró emocionado y me besó suavemente. La noche dio tal vuelco que se llenó de esa risa asombrosa que marca el comienzo de una feliz historia. Él era Marte, el espejo rojo en el que yo me miraba. 

Como fan del autor de Crónicas Marcianas puedes imaginar mi sorpresa al descubrir que Fahrenheit 451 no era solo la temperatura de la combustión del papel. Ray sublimaba sus aventuras con la magia de las palabras. 

Comentarios

Más vistas

Atasco de la memoria

Mi participación en el reto conjunto del blog Acervo de Letras y el blog El Tintero de Oro . Las condiciones son: El reto consistirá en escribir un microrrelato de 250 palabras protagonizado por un escritor/a desesperado/a por su falta de inspiración, que se encuentra un Tintero de Oro con un mensaje grabado: «pídeme un deseo y lo verás por escrito», aunque este contrato tiene una letra pequeña: «pero todo tiene un precio» Estoy en un atasco en la autopista del norte. Los tres carriles se han reducido a uno y estamos parados como una serpiente kilométrica. En el sillón del copiloto llevo unos libros de una novela escrita por mí. El periódico doblado en el salpicadero me muestra en una foto muy sonriente. Leo el titular: «La exitosa escritora presenta hoy el final de su tetralogía». ¿Dónde la presento? Puedo enterarme leyendo el artículo, pero yo debiera saberlo. Tal vez el periódico es atrasado y estoy de vuelta. Tanto si ya ha ocurrido el hecho como si va a ocurrir, ¿por qué no s...

Los pastores del Gorbea

Hace muchos, muchos años, Urjauzi y Otsoa, dos jóvenes pastores, vivían en la zona del monte Gorbea. Eran grandes amigos desde la infancia. Sucedió que cierto día Urjauzi oyó de pronto un dulcísimo canto mientras pastoreaba su rebaño por las campas de Gujuli. Se sintió tan atraído por aquella maravillosa melodía que se olvidó del ganado y raudo se adentró en la espesura del bosque. Los sonidos de sus pisadas sobre las hojas caídas rompían el silencio y ocultaban otros ruidos apenas audibles que hacían pensar en seres del bosque que lo observaban sorprendidos con los ojos bien abiertos. Los troncos de los robles centenarios adquirieron características de monstruos, tal como se relata en los cuentos, el olor a tierra húmeda hacía irrespirable el lugar y la espesura lo llenaba de misterio, pero Urjauzi no fue consciente de esas señales. Al final de una pronunciada pendiente, separó unas ramas de sauce y pudo contemplar la quietud de las aguas de la laguna Lamioxin, de la que procedía el ...

La otra Navidad

  Al anochecer en estos días de crudo invierno, Sergio se cubre con un gorro negro de lana y una chamarra ajada. Con una bolsa de compra en la mano sale de casa a su tarea en los contenedores de basura.  Hoy hace un frío intenso y unas chiribitas de nieve pululan antes de posarse en la alfombra blanca que cubre la ciudad. El pisar de las personas cruje en la nieve. Como sombras en la noche, con grandes bolsas de regalos, pasan raudas mirándolo con desconfianza. Después el silencio solo es traspasado por las notas de un piano que desde un bar cercano perpetúa la canción «Oh, blanca Navidad». Con el cuerpo invertido rastrea con un palo las fauces del abismo donde espera encontrar un rayo de felicidad que alegre su hogar. Lo que ve bajo la lánguida luz de la farola le produce un estremecimiento: Cuento de Navidad de Charles Dickens . Lo coge tembloroso. El hielo interior empieza a resquebrajarse y da paso a un acogedor salón familiar donde un niño descubre los regalos navideño...

El puente de las artes

Con este relato participo en la convocatoria de Myriam sobre puentes, de los relatos jueveros.   A mi hermana le ha tocado en un sorteo del BBVA un maravilloso viaje a París para dos personas. Por cuestiones de trabajo no puede ir. ¿Te apetece acompañarme? En Orly nos esperará un chófer con un cartel donde leeremos nuestros nombres: Aitor y Marta. Nos daremos con el codo al verlo. Nos entrará la risa tonta. Con su gorra de plato y en un flamante mercedes nos mostrará la impresionante Ciudad de la Luz que enamora a todo osado que se atreva a mirarla como lo haremos nosotros.  Yo te comentaré que la ciudad de los bulevares, con los parques, las brasseries y los tejados grises, me parecen el más bello escenario que nos podamos imaginar, pero que la nota de color se la ponemos los turistas. Me llamarás ilusa con esa sonrisa tuya que tanto me gusta. Y de repente, la veremos y diremos los dos a una: ¡la Torre Eiffel! Disfrutaremos callejeando a nuestro ritmo — bonjour madame, bon...

No es más que un breve adiós

El sol tímido y vergonzoso, por fin, se deja ver por estas tierras del norte y con su suave caricia nos anuncia que el verano está al llegar. Un verano seguramente corto, no los tres meses que marcan los cánones para cada estación, pero me apetece romper la rutina diaria y hacer esas cosas que por falta de tiempo he ido aparcando. Volar sin ataduras ni rígidos horarios de trabajo, viajar, leer, escribir, ver otros mundos que pueden estar lejos o al lado de mi casa y que con las prisas de la vida he pasado por alto. Porque estáis ahí, porque he tenido la suerte de encontraros, no puedo marcharme sin despedirme, os habéis hecho especiales y ya ocupáis un lugar allí donde crecen los sentimientos. Gracias a todos los que me habéis leído y en particular a los que entrada tras entrada habéis dejado vuestros animados comentarios. Me gusta despedirme de vosotros como si se tratase de amigos que durante un tiempo no voy a ver. Me habéis dado mucho: risas, compañía, retazos de vida e historia...