Salimos de casa con aspecto somnoliento. Al subir al remolque, ayudada por los dos hermanos mayores, percibí el viento gélido de la madrugada. Pero si era una niña. ¿Cómo me llevaban con ellos? No era normal. (A la vuelta me enteré de que teníamos otro hermano. La razón por la que me habían sacado de casa). La calle en la que vivíamos aparecía oculta en la penumbra, se me hacía extraña. Dejamos el pueblo solitario y silencioso envuelto en la neblina matinal. En el remolque me encogí como pude para evitar el frío que me hacía castañetear los dientes y me provocaba pequeñas chimeneas de vaho que se fundían con la niebla; esfuerzo inútil, pues el traqueteo descomponía mi figura y me lanzaba contra los otros. No así los hermanos mayores que, apoyados en las cartolas, se dejaban acunar por el movimiento y se hacían los dormidos. El tractor reptaba ruidoso por la subida del Carramonte. Al llegar al alto del páramo por la zona de Valdesalce, amanecía. Nos apeamos de un salto. Bueno, el...
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