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Bernardo Atxaga en el pueblo de Villamediana

En nuestro pequeño pueblo, Villamediana, nos conocemos todos. Por eso, cuando llega algún forastero con la intención de quedarse y, tal vez, la de pasar desapercibido, más le valiera perderse en una gran urbe. En el pueblo nos enteramos enseguida, el boca a boca funciona como correa de transmisión de las noticias. Es el motivo de conversación del grupo de personas mayores que se reúnen todas las mañana en un banco de la plaza, a la sombra de los plataneros. También en la tienda o la panadería, mientras las mujeres esperan la cola de la compra. 

Sabían que vivía de alquiler, nunca cerraba la puerta de su casa, daba largos paseos por las afueras del pueblo, educado saludaba a las personas que se encontraba, y alternaba en los dos bares del pueblo. Aunque les parecía un tipo raro por el hecho de encerrarse en un pueblo tan pequeño para dedicarse a emborronar cuartillas, poco a poco se fue ganando el aprecio de los vecinos. Empezaron a hablar sin recelo en su presencia y dejó de ser noticia. 

Aún hoy, algunos suelen recordarte, cuando pasas por delante de la casa, que allí vivió Bernardo Atxaga. Cuentan que llegó al pueblo de manera discreta un día de frío húmedo y niebla, la misma discreción con la que vivió en esa casa en unas condiciones muy difíciles, sin agua corriente ni calefacción. Y cuando ya todos creían que había superado el plazo para arrepentirse de haber ido a ese pueblo, por lo que le daban como fijo y era uno más entre ellos, un día, con esa discreción de la que había hecho gala durante toda su estancia, despidiéndose de aquellos que lo habían considerado su amigo, se marchó. 
La casa sigue como él la dejó y cuentan que mientras siga en pie, él no nos dejará del todo. 

Un tiempo más tarde, en el suplemento de El País, periódico que llega a la tienda del pueblo, todos pudieron leer el cuento: «Nueve palabras en honor del pueblo de Villamediana». Quedaron gratamente sorprendidos. El boca a boca, que seguía siendo su red social, funcionó a las mil maravillas. «¡Mirad! Pero si escribía de nuestro pueblo. ¡Qué callado se lo tenía!». A la vez estaban alegres porque había vivido con ellos un escritor de verdad y lo habían conocido personalmente, y eso en un pueblo como aquel no pasa todos los días. 
Ni qué decir tiene que Obabakoak es el libro de culto de la gente del pueblo y están bien sobadas las páginas de este cuento.

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