Acabábamos de comprar el piso, a estrenar por una pareja joven, nosotros, y era tal el entusiasmo que teníamos por la que ya era nuestra casa, que la queríamos amueblar despacio; bueno, más que nada, porque nuestro presupuesto no nos daba para mucho.
El rincón más agradable de toda la casa y el preferido por todos lo ocupaba el sofá. Era un sofá pequeño, biplaza, lo llamaron en la tienda; hecho a medida para el espacio que teníamos bajo la ventana, entre la estantería y una mesita, portalámparas de cristal color verde; cómodo, moderno, de alto respaldo y tapizado en verde con rayas negras haciendo grandes cuadros. Las paredes de aquella salita, lugar de encuentro familiar, también las había mandado pintar de un tono verde pálido con los techos en blanco.
Ahora que lo escribo, caigo en la cuenta de que el verde esperanza pululaba a nuestro alrededor. Era el comienzo de nuestra vida como pareja e intuyo que, inconscientemente, proyecté un futuro esperanzador.
El sofá ha sido testigo de nuestras peleas de pareja, el centro de operaciones de largas discusiones domésticas, no grandes problemas sino esos que hacen saltar chispas entre la pareja con el roce diario que lleva consigo la convivencia. También ha sido reposacabezas de agradables siestas, lugar de lectura, el sitio escogido para algún escarceo amoroso y el que más les gustaba a las niñas para ver la tele o jugar a la Play. Nos ha oído reír y llorar.
Testigo de la evolución de nuestra historia familiar a la vez que ha ido cambiando de tapicería, ahora presenta signos de vejez y hay que retirarlo. ¿?

Si te sirve de consuelo a él no le va a importar
ResponderEliminarQué razón tienes, pero hay quienes se desprenden con facilidad de personas y objetos que les son significativos pero que ya no les aportan nada y otras como yo que vivo apegada por la cantidad de recuerdos que me traen a la memoria y pienso que voy a perder.
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