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A la encina más recia de Villamedana

Esta encina lozana y firme, casi centenaria, de lejos parece imperturbable. Los que la conocemos bien sabemos que rejuvenece todas la primaveras cuando se expande hacia el cielo buscando la luz callada, aunque sin olvidar su quehacer terrenal. A pesar de la conmovedora soledad en la que se encuentra, nos regala el canto de las aves que juguetean entre sus ramas, da sombra a los que se cobijan bajo su copa compacta para protegerse del asfixiante verano, se vuelve impasible ante los vientos que la zarandean en otoño y oscurece plantando cara como ser inanimado al crudo invierno. Mientras, sus viejas raíces siguen con sabia actividad hurgando la tierra para obtener las sustancias que la mantienen en pie.
Aunque señera del lugar admirada y respetada por todos, no se manifiesta engreída desafiando al tiempo; más bien soporta estoica la carga que le aplana sobre su propio eje al sentirse presa de un tiempo presente al que no pertenece. De ahí que a veces con el susurro de sus hojas se atreva a decir: “yo ya no sé que pinto en este mundo”. Lo que está en contradicción con su energía vital que la agarra a la tierra y la sostiene en todo su esplendor.
Con los años, su memoria de encina selectiva le hace retener sucesos acaecidos en el transcurrir de su larga vida y que no son precisamente los más felices ni agradables. Así, mantiene una fijación obsesiva por algunas ramas a las que se entregó con lo mejor de su savia, pero que hace tiempo han sido podadas; sigue sintiendo su peso como al que le duele una pierna amputada.
Su rugosidad longeva no le impulsa a acariciar a sus brotes por miedo a que aflore toda la sensibilidad interior, lo que considera, con sus años, una debilidad; más bien se manifiesta adusta y recia. Esa dualidad entre lo emocional más profundo y lo racional de su aspereza, se transforma en un juego sutil e íntimo observable por los que la conocen bien y que a ella no le pasa desapercibido como casi nada de lo que ocurre en su entorno.
En otro tiempo tuvo la fuerza suficiente para dejar volar sus hojas al viento. En compensación, y sin esperarlo, ha recibido una ramificación que conforma el bosque que la rodea en el que puede leer el árbol de su vida. De toda su experiencia vital va sacando esas historias que transmite a los suyos, con emoción, por momentos, hasta quebrarle la voz; y con valentía otros, para afirmar sus convicciones, pese a saberse incomprendida.

Comentarios

  1. Una buena parábola

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  2. Me alegro de que la hayas entendido.
    Un abrazo

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  3. Un encanto de descripción, sobre tu abuelo, sobre los árboles. Les llamo generosxs.

    Besitos :)

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  4. Gracias Graciela, como siempre me encanta encontrarte por aquí centrando tan acertadamente los temas que escribo.
    Un abrazo con todo mi cariño.

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