Estaba en la esquina de una bonita plaza con vistas a una calle importante: Jacinto Benavente, se llamaba. Era mi lugar de trabajo y me gustaba. Aunque fuera la última en el escalafón de los basureros, siempre me encontraban con la mirada al frente y el corazón dispuesto. Recogía papeles, chicles, desechos, hasta las bolsitas con las cacas de los perros, todo por mantener la ciudad limpia.
Era tanta mi energía que ni las malhumoradas borrascas ni las nevadas contundentes con fuertes rachas de viento podían conmigo. Me convertían en un ser informe, pero en cuanto salía un rayo de sol, mi mejor cara brillaba de nuevo.
El máximo daño me lo hicieron unos gamberros una noche de pintxopote que se entregaron a fuerza de patadas, con ahínco y pasión, a empotrarme contra la farola sobre la que me apoyaba. ¡Quién no ha oído llorar, alguna vez, a una papelera herida en el alma por unos vándalos sin escrúpulos! Esa vez, lamentablemente, me tocó a mí. Aquel hecho, que viví con tanta angustia, durante algunos días, despertó la curiosidad en el entorno vecinal, después me abandonaron y fui un ser herido de muerte en la soledad más absoluta.
Al moverme los operarios, todo mi cuerpo crujió con los tornillos desencajados y la cara completamente abollada. Tuvieron que sacarme de allí antes de que llegara el tiempo reglamentario del cambio de mobiliario urbano. Unas manos toscas me arrancaron del que había sido mi sitio durante los últimos cinco años y sin ningún miramiento me lanzaron al fondo de un viejo camión donde fui recibida con un alboroto de ayes, quejidos y suspiros. Con el traqueteo del camión, que nos llevó tan lejos y tan rápido, mis juntas, ya deterioradas por los malos tratos, se resquebrajaron, un tornillo rodaba por aquí, alguna chapa por allá. Yo quería encogerme hasta desaparecer, pero me desparramé toda.
De repente, el camión se paró y se impuso el más absoluto de los silencios.
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