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Inmune al desaliento

—¿Habéis visto al señor de los tulipanes?
Hace tiempo que no lo veo sentado en el banco de la gran explanada de la Plaza Mayor. Siempre llevaba la misma ropa, pero su aspecto era limpio y cuidado. Me llamaban la atención sus finas manos de excelente científico español hasta que la crisis puso el mundo al revés y se quedó sin fondos la universidad en la que trabajaba. El tiempo se quedó atrapado en la neblina y lloró lágrimas amargas. Él esperaba que esa bruma grisácea, que pintaba un cielo oscuro y huidizo, se rasgara y saliera de nuevo la luz por algún lado. Mientras, no sabía qué hacer con los tulipanes para regresar a casa con unas monedas. No los ofrecía a los que pasaban; le faltaba labia, poder de convicción. No, no era experto para eso. Lo suyo era el estudio que asocia las bacterias a la metástasis. Su mente seguía cavilando y más allá del negro horizonte, su firme mirada veía fórmulas y resolvía problemas que... ¡Cuántas vidas podría haber salvado!
—Yo sé donde está porque no lo pierdo de vista. Soy el poderoso capitalismo y para nada me interesa la gente que piensa. Aunque físicamente se encuentra muy cerca de mí, un abismo nos separa. La ciudad entera es mía y se debate entre la amargura y la desesperación que mi esfumado grisáceo le contagia, pero calla y acata lo que se le pone delante. Sólo él se me resiste delimitando con el rojo sangre de los tulipanes su espacio vital. "Por dignidad", dice. "Por ser fiel a sus principios". Ser grotesco encerrado en su mundo desde el que pretende despertar a la vida. Afino el grisáceo de mi paleta para difuminar su tozudez imperturbable. Resiste con indiferencia. Caerá.

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